Huir para encontrar

Estándar

Cuando nos ocurren cosas malas corremos a refugiarnos del mundo, queremos desaparecer y quedarnos en cama, bajo las cobijas con tan sólo una linterna y galletas de animalitos. Para mi desgracia o fortuna, yo no gozaba del beneficio de la soledad.

– Liu! Ya sal de tu cuarto, vamos a ver una película, vamos al parque, no sé! Estoy aburrido, quiero salir – me gritaba Cesar del otro lado de la puerta.

– ¡No! No quiero, déjame sola por favor –

Después de un par de intentos fallidos, Cesar salió de la casa gritando que iría al teatro; eso me hizo recordar que hace apenas dos días había pasado la peor vergüenza de todos los tiempos con el hombre que me traía de cabeza.

Recuerdo que ese día huí, siempre he hecho lo mismo cuando no tengo valor para decir, hacer o dejar de hacer algo, lo hice con mi familia, no pude arreglar las cosas en mi mente y culpe la situación huyendo de casa, dejé notas cobardes, escape como una pequeña sabandija sin remedio y con un complejo de culpa enorme. Aún no logro definir si la culpa fue el detonante o el resultado de mi huida.

Hace varios años, en mi infancia, tuve mi primer encuentro con la cobardía que yace en mí. Me encontraba en la primaria, jugábamos “verdad o reto”, no sé por qué razón elegí reto, pero lo acepte; tenía que hablarle al niño que nos gustaba y decirle que me gustaba mucho y preguntarle si quería ser mi novio. Caminé decidida a cumplir mi misión, mis pasos eran apresurados y disminuían al acercarme a él, justo cuando lo tenía de frente mis labios se abrieron para pronunciar algo que no lograba salir de mi garganta; sólo emitía sonidos tontos y él comenzó a reírse de mí, así que me eche a correr a los baños de niñas. Por suerte sólo tuve que soportar medio año de ser “gallina”, hasta que salí de la primaria.Fue una mezcla entre extrañar a mi familia y mi complejo de gallina lo que hizo mi decima, onceava o no sé qué número, partida.

Empaqué lo necesario únicamente y tomé un autobús al DF. Mientras iba en el camión recordé el primer viaje a Aguascalientes, el señor que iba del distrito a su casa, recordé el libro rojo que cargaba con él y no pude evitar preguntarme en qué otro lugar había visto un libro similar. Sin más importancia me quedé dormida en el camión.

Seré una persona cobarde pero aún conservo algo de orgullo, así que no podía permitirme regresar con la cola entre las patas, como se dice, e ir a casa, así que me limité a pararme, con un “discreto disfraz” fuera de la que era mi casa a ver cómo estaba mi familia, ver a mis seres queridos, saber si estaban vivos aún, si tenían algún nuevo integrante o algo parecido.

Pasaron tres horas hasta que de la puerta azul marino cruzando la calle salió una niña rubia con un señor joven, ninguno de ellos era de mi familia, tras ellos salió una mujer de treinta años aproximadamente y un adolescente barroso. No reconocí a ninguno, por lo que me acerque al chavo y le pregunté si ellos vivían ahí.

– Sí, ¿Por? – me contestó eufórico, bueno en realidad con tono de adolescencia típica, es decir, sin mucha importancia y abriendo muy poco la boca.

– Yo vivía aquí hace algún tiempo, ¿sabes qué le pasó a la familia que estaba aquí antes? –

– Noup, adiós –

– Yo sí sé! Mi papi y mi mami compraron ésta casa hace poquito, me gustaba el perrito que tenía la niña que vivía ahí, su perrito y mi perrita son novios!! – Me dijo sonriendo la pequeña rubia hasta que llegó su mamá y conversó conmigo, me contó que veían cada semana a mi familia para cruzar a los perros.

– De hecho la muchacha vendrá pasado mañana ¿los conoces? –

• Sí, soy la hija perdida, no ve la semejanza entre nuestros rostros????? •

– No, una amiga me dijo que viniera a ésta dirección, que encontraría a una joven de ventitantos y tenía que entregarle un recado, pero gracias, veré si puedo venir en dos días, si no pues tendrá que venir mi amiga a conseguir la nueva dirección, no estaré aquí por mucho tiempo, pero bueno yo . . . –

– Pues yo tengo la dirección, nos hicimos buenos amigos de ellos, la familia, aquí tienes, ésta es la dirección – me dijo mientras terminaba de apuntar algo en una pequeña agenda verde, al finalizar arrancó la hojita y me la dio.

Sin pensarlo mucho fui al lugar que marcaba el papel, me paré de la misma manera, está vez detrás de un coche cruzando la calle, era una casa muy bonita, más grande que la anterior y con ventanales preciosos. Esperé ahí poco hasta que salió mi hermana, la vi de lejos subirse a un camión que iba al centro de la ciudad.

Fue bueno verla, pero no podía seguirla, nunca fui muy buena para ocultarme así que me fui por mi parte a Bellas Artes, esperaba encontrarla por “accidente” pero no pasó, el verdadero accidente llevaba un sombrero familiar.

Triste, me senté en una de las jardineras que están frente al palacio, después de unos minutos una voz que hacía perdida se dirigió a mí.

– Así que me encontraste ¿o te has perdido nuevamente Liu? –

– ¡Don Arturo! – le grité al mismo tiempo que lo abrazaba – No vine aquí por usted, yo sólo, bueno, ¿qué hace aquí, dónde ha estado, por qué se fue sin decirnos motivos? Digo no es que nos tenga que rendir cuentas pero nos preocupamos, aunque no lo crea nos hemos, me he encariñado con usted . . .

– Liu, Liu, para de preguntarme tantas cosas y mejor disfruta del panorama de la ciudad, tendremos tiempo para conversar después –

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