Por el camino corto del caracol

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Tantas veces como me era posible, me había preguntado qué hay más allá de esas extrañas formas fugaces que cruzaban ante mi mirada bifocal, más allá de esas torres verdes a las cuales, los mayores, han llamado césped.

Me había imaginado en esa larga travesía hasta el confín de mis saberes. Tantos días y tantas noches temerosas fuera de mi hogar, dulce, dulce tronco hueco en el cual había llegado a encontrar la más cálida seguridad.

Sin embargo, a cada ansia desesperada por explorar, un temor invadía cada una de mis entrañas invertebradas y me preguntaba porqué nadie me impulsaba a seguir este inverosímil pensamiento, pero nada venía a mi mente a forma de respuesta.

Me preguntaba a menudo, llenándome las lágrimas de coraje ¿Por qué no se inmutaba el mundo entero a mi alrededor de la curiosidad que se podía sentir, al ver simple y llanamente, por encima del horizonte común; por qué esos que nos llaman lentos y reclaman las horas que dicen tardamos en trasladarnos, no veían a detalle la perfección de la proporción? Por qué, no entiendo por qué.  Viven y mueren volando, corriendo o saltándose cada relieve de la vida que yo noté, en la cual tropecé y tardé en salir y que, sin embargo, disfruté.

Así fue entonces, vagando entre las grietas de la acera común, cuando la idea finalmente fue liberada de ese tonto bache llamado miedo. Comencé a desplazarme dejando mi marca de un orgulloso hedor a hombría y de transparencia sin igual como siempre lo había hecho.

En el camino encontré la peor de las desgracias que, aún el ser de la coraza más dura y grande, todo molusco teme encontrar; había escuchado de los mitos que los ancianos de cientos de líneas contaban sobre unas formas redondas que caen como bombas al suelo, con el previo aviso de un silbido alargado fugaz y, repentinamente, te encontrabas rodeado de la mayor cantidad de agua pura que pudieras imaginar.

Cuando éramos sólo unos pequeños e incluso en la plena adolescencia nos era difícil creer que algo tan inofensivo como el líquido vital pudiera dañarnos, simplemente era tonto pensar de esa manera y sólo lo ignoramos, lo ignoré.

Y así, ese primer día un silbido se escuchó a lo lejos, vino la saeta memorial de aquel relato y su advertencia implícita e inmediatamente contraje mi cuerpo lo más rápido que pude dentro de mi coraza, resguardándome en pensamientos positivos y plegarias que no concebía saber.

¡Splash! Gritó la bomba al estamparse y regarse por toda la acera mientras mis ojos estaban cerrados y mi cuerpo, aún contraído, temblaba de miedo al pensar que quizá la muerte emitía ese sonido; ¡splash! Nuevamente una y otra y otra vez, era un bombardeo enemigo sorpresa. Me contraje más y más, no sabía que podía hacerlo de esa manera y esperé, esperé boca arriba con la esperanza de que ninguna bomba cayera directamente a mis pies.

Mi mundo levitaba en movimientos que oscilaban entre el aquí y el allá dejándome en el estómago, lejano a mi boca, la extraña sensación de devolución al remitente.

Allí, en ese preciso momento me di cuenta que era verdad, podía moverme más rápido de lo que yo consideraba mi límite y contraje la idea de una pesada bola de acero pegada a mi trasero reteniéndome de flotar. Finalmente una buena roca agarfiada me resguardó del viaje acelerado en el que me encontraba y pude abrir los ojos. El ataque había cesado.

Como cualquier naufrago, tras tormenta, me quedé desubicado y con temor de estar más alejado aún de la meta, la tierra, la tierra prometida. Giré entonces, con suavidad mi cuerpo aún adolorido por el viaje… ¡Sí! Estaba milagrosamente a unos pasos de aquella verdad esperada; el corazón me palpitaba tan rápido que lo sentía salirse de mi cuerpo e irse volando hasta el azul que celeste cubría ahora mi cabeza.

Y la encrucijada temida llegó al fin ¿Noreste o noroeste? La piedra grisácea partía mis posibilidades ¡Tan horrendas decisiones! Llegaban entonces las preguntas a mi mente, las dudas, los temores, los condicionales que me ataban a la única forma posible de decidir las cosas, un acto de fe.

Comencé a deslizarme hacía el noreste con la ilusión y la esperanza de una revelación prometida, una respuesta que podría comprobar por empirismo y no por aquellas cosas que me han contado que si esto será así, lo era porque así lo decían y no supe yo si me habían mentido o me habían visto la cara de pendejo; sólo escogí creer.

Unos pasos más y lo lograría, me acercaba cada vez más, un poco más, sólo un poco más y sería mía; la ilusión en mi mente se reflejaba en el brillo de mis ojos y el palpitar de mi pecho, en la respiración agitada de la promesa por cumplir.

Como un maldito deseo del destino, un crujido estruendoso quebró mis oídos y al momento siguiente yacía con órganos a la vista sobre el césped. Agonizando y con el último suspiro alcancé a ver la agujeta de mi asesino fortuito.

Si tanto sólo hubiera tomado otra decisión, otro camino, otra fe. Quizá y sólo tal vez estaría muerto también, yo sólo sé que volé.

 

Por el camino corto del caracol

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