Bifurcación, Destino.

Estándar

Este Cuento lo mandé a un concurso de la revista Punto de Partida, desafortunadamente, no ganó ni una mención honorifica. Lo publico al fin, advirtiendo un final fuerte y no apto para personas sensibles y con poco criterio… Espero les guste. 

 

 

“Toco tu boca, con un dedo toco tu boca”  Repetía constantemente con chorros controlados de voz entre sus labios inexpertos; “tu boca, tu boca, boca.” Adormilada acomodaba esas ideas que le impedían memorizar el capítulo 7 de la Rayuela, enamorada de la diestra pluma de Julio, su amor platónico de otros tiempos.

-Está decidido, no podré memorizarlo si no desecho esos pensamientos extraños que encadenan mis palabras- se dijo para sí mientras tomaba su abrigo y su bufanda, pues, como usual, la ciudad seguía por la tarde con humor triste; triste quizá para aquellos que amaban mostrar los tobillos, las piernas, la barriga, desahogar los sentimientos condensados en sudor caliente emanado de su cuerpo.

Pero no así para ella, quien disfrutaba sentir la caricia del viento frío en sus mejillas, en sus manos, sentir su nariz tornada a rojo claro, sentirse viva, activa, feliz.

En sus bolsillos guardaba lo necesario para su caminata por el parque del pueblo, quizá por la plaza o por las calles de los negocios de comida, los aromas de éste último lugar le traían siempre memorias de aquellos tiempos cuando solía caminar de su mano, sonreírle y besarlo tímidamente con una mirada brillante, pero no escogería recordarlo, al menos no hoy.

Llevaba el trozo de papel con las palabras a recordar en una mano y con la otra palpaba la primera roca del día <extraño habito suyo el de coleccionar piedras pequeñas de río >.

Así pues, se dispuso a caminar por el parque, que estaba algo solitario y nostálgico ya que las madres de hoy en día prefieren que sus hijos jueguen seguros y calientes en sus casas, en lugar de que se ensucien y diviertan al aire libre; lástima que ya no es una niña que pueda ser advertida por una madre que conoce el mundo.

“Me miras, de cerca me miras” y se sentaba con los ojos cerrados al borde de una fuente en el centro del parque; pequeños hilos de agua, que subían y bajaban al compás de sus pensamientos, le arrullaban la mente dejándola disfrutar de esas palabras que poco a poco se adentraban en su memoria.

Viajaba con esas dulces palabras a recorrer el mundo entero con su imaginación siempre viva y danzante entre auras, entre torres al cielo, escaleras infinitas adentrándose al Aleph, recorriéndolo de palabra a palabra, saltando de cuento en cuento, conviviendo con la princesa Iztaccihuatl y su trágica historia, de las lágrimas derramadas por Popocatépetl a la visión de su infalible resultado.

La brisa cambia y hace que el agua rose su piel despertándola del trance en el que se encontraba; el silencio a su alrededor hizo su corazón latir con rapidez, no había notado que el día había seguido su paso y la había abandonado, dejándola con la bella y aterradora obscuridad.

“clip” y se sumaba una piedra que chocaba con las otras de su bolsillo.

En unos segundos más el poco sol que quedaba al horizonte, se hundió entre aquellas copas de árboles que lograba aún ver, pasaron pocos minutos en completa obscuridad y ella sólo podía aferrarse al borde de la fuente con pensamientos que la tranquilizaban; Cortázar. Imaginaba que cuando abriera los ojos el parque estaría iluminado y podría caminar a casa con tranquilidad, pero la razón le advertía que sus ojos no estaban cerrados, que había peligro y que se encontraba sola.

Su respiración se agitó, cerró los ojos y cuando los abrió la iluminación del parque se había encendido al fin. Respiró con tranquilidad y se dispuso a caminar a casa; mañana terminaría de memorizar el poema en alguna otra caminata o tal vez lo terminaría mientras lograba dormir <siempre tuvo problemas para quedarse dormida y en vez de contar ovejas, se contaba historias>.

Caminaba de regreso cuando una fuerte ráfaga de viento arrebató de sus manos la hoja que llevaba en ellas, haciéndola volar tan alto y tan lejos que lo único que pudo hacer fue seguirla con la mirada, expectante y esperando verla bajar por azares del destino de nuevo a sus manos. Claro, no fue así; la siguió por unos cuántos minutos viéndola dar círculos, caer en picada y levantarse milagrosamente para proseguir su viaje inmortal.

Cortando su visión la empujaron unas manos extrañas y “splash” su cara se empapó de agua encharcada con un gran sobresalto. La rodeaban cuatro hombres queriéndola robar, o eso pensó, trató de gritar y una mano fría sofocaba sus intentos por sobrevivir. Su mente viajó hasta ese otro hombre en busca de ayuda, sabía que no debió de tomar ese camino, esas decisiones sólo por evitar pensar en él cuando ahora lo único que ocupaba su mente era su nombre y un grito desesperado de ayuda.

-Era inútil- pensaba mientras cerraba los ojos y debilitaba la resistencia a sus agresores, de pronto sintió la mano áspera desaparecer de su boca y otra tibia y suave tomar su mano arrebatándola con prisa. Abrió los ojos, era él, por alguna razón que atribuyó mágicamente al destino, estaba ahí, salvándola de aquella situación.

Corrieron y las rocas en su bolsillo saltaron suicidándose al vacío, la bufanda también abandonó la lucha y ella lo miraba, por qué estaba ahí, justo en ese momento y no antes, no después. Sólo lo miraba.

Estaban detrás de ellos, eran cuatro y tan pronto sólo dos; corrieron a prisa y de frente el brillo de una navaja interceptó sus miradas, aquellos completaban el cuarteto. El puente sería su única salida, subieron las escaleras con rapidez, si lograban cruzarlo podrían tomar otro camino que los sacara del peligro, alguna persona que pudiera ayudarlos, alguien que les diera refugio, ayuda, pero el mundo estaba mudo.

Su pequeña obsesión por ser descuidada la llevó a un lugar con olor a muerte a desolación, con perfume a maldad. El condado era pequeño y con contrastes inimaginables, por un lado la población era amable, bondadosa y honrada, justo cruzando el parque era lo contrario. Un puente dividía el bien del mal, la riqueza de la nada. Aquellos segundos vivieron como marginados de la sociedad, con marcas como la de Caín en sus frentes. Se vieron obligados a mendigar por comida, a robarla, a matar por dinero y finalmente enloquecieron.

¿Por qué? Se preguntan, no lo sé, sólo sé que el mundo tiene personas y que quizá ellas sean diferentes y esas diferencias no sean agradables a otras y entonces se aparten, se cohíban, se adentren al laberinto de su mente perdiéndose para siempre.

Al final de las escaleras acabando el puente que pensaron los salvarían, estaba una mujer embarazada con un niño pequeño de la mano y un bebé en brazos, conforme se acercaban a ellos sus ropas comenzaban a detallarse, la suciedad en sus manos, en sus cabellos, esos colores de tono vino en su pecho, en su falda, en las ropas del niño, la locura y maldad en sus miradas desviadas; Todo parecía indicar que no era una salvación y muy tarde lo notaron.

“Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces” En un instante ella recordó con esas palabras, tiempos de felicidad con él, sonrisas, promesas, caricias, amor. Tomó con más fuerza su mano y un con un suspiro le confesó su temor.

-¡Son míos!-  gritó la mujer embarazada -¡Son míos y si los tocan la pagarán!- les advirtió a los hombres del puente que parecían animales de caza, sin voz, sin inteligencia, sin intención alguna que la de obedecer, matar y sobrevivir.

Ya los tenían acorralados. Con una sola mirada él le hizo saber, soltando su mano, que trataría de salvarla. –Te conozco y te sigo para cuidarte – le dijo resolviendo la duda del destino o quizá confirmándola. – Vete- le susurró al oído y segundos después empujó a la mujer embarazada.

Con el bebé que tenía la mujer en brazos, lo golpeo, descalabrando tanto al infante como al hombre; la sangre corría por su oreja y una mirada fue lanzada hacía el amor que nunca persiguió.

El niño pequeño se abalanzó sobre las piernas de nuestra amante Cortaziana, mordiéndola hasta arrancarle un trozo de su pierna derecha, mientras que con sus brazos arañaba sus piernas llevándose entre uñas, carne y sangre.

Ella gritaba con desesperación del dolor que el niño le causaba, pero gritaba aún más de ver cómo la mujer golpeaba a su semi-heroe y le destrozaba el rostro y la cabeza con el bebé, tomándolo como un costal, un arma para matar a golpes a ese pobre hombre. Su cuerpo ya no se movía, la sangre rodeaba su cabeza y su cuerpo.

Finalmente la mujer tomó una navaja que sacó de su busto y le cortó del pecho al ombligo con una increíble facilidad, se podía notar la felicidad que emanaba de sus ojos abiertos al máximo, comida, al fin comida.

Bebió la sangre que corría por el pecho de su banquete, la tragaba y succionaba como desesperada pues la sed le aturdía los pensamientos. Una vez saciada su sed dispuso sus manos dentro del cuerpo del hombre para arrebatarle las vísceras y devorarlas, masticando, destrozando y casi sin respirar.

Un grito se ahogaba en la garganta de su amada, expulsando lágrimas y sollozos, estaba muerto, estaba siendo devorado frente a ella y no pudo hacer nada para impedirlo. Con la rabia de su debilidad, irónicamente sacó fuerzas y se quitó al niño de encima, lo lanzó contra una pared cercana y trató de correr hacía el que alguna vez fue su amante. Golpeo a la mujer y ésta le regresó el saludo con la navaja atravesada en su rostro.

La sangre corría por sus manos mientras se cubría la herida de la cara y, súbitamente, la mujer embarazada comenzó a gritar tocándose el estómago mientras comenzaba a pujar, líquido corría por sus piernas combinado con sangre, estaba dando a luz en ese preciso instante, sin sentarse sólo abrió las piernas y con sus manos sacó a su recién nacido hijo.

El nuevo bebé había nacido, tenía apenas unos minutos y la mujer ya lo tomaba como arma; lo tomó de las piernas y con la cabeza del bebé la golpeo dejándola inconsciente, para asegurarse, la mujer le dio varios golpes más por todo el cuerpo, cuando ya no hubo movimiento, con la navaja cortó el cordón umbilical y aventó al bebé como si fuera basura; ni un solo llanto emitió su arma improvisada, quizá fue ajeno al dolor y esquivó con suerte la vida que le destinaba su origen.

-Tengo hambre – Le dijo el niño a su madre. Cuando la desafortunada joven finalmente recuperó la consciencia pudo escucharlos hablar. –Si quieres comer consigue tú tu comida- le gruño su madre entre dientes y boca llena mientras le aventaba la navaja.

Cuando abrió los ojos vio los ojos del niño clavados en los suyos, con una sonrisa pícara y malvada. Bajó débilmente la mirada pues sabía que no había nada más qué hacer, su vida estaba por terminar y como un rayo inesperado el pequeño encajó la navaja en ella haciéndola gritar de dolor. Hizo un hueco para meter su minúscula y delicada mano, palpó un par de veces, ella podía sentir su mano dentro, buscando algo, algo vital y finalmente le arrancó el corazón…

El tiempo se detuvo dos instantes dejándola ver decenas de cuerpos bajo el puente, fetos, bebés muertos, esqueletos, sangre. Muerte.

“Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella.” Desfilaron una a una las letras en su mente y en sus labios por última vez.

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