Ésta, que es mi máscara.

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¿En qué momento comenzamos a mentirnos tan amablemente, de esas mentiras que suenan a amabilidad y cordialidad entre amigos, a conexiones sin mentes?

Dime tú, que has escuchado mis mentiras y me has sonreído tal cual te dijera la verdad, ¿Ya no notas el tic en mis labios o en mi caminar?

Y es que nos desconocemos tanto que no nos vemos las máscaras grises con óvalos rosados que dan un vuelco al corazón con cada mirada.

Las ignoramos y las vemos tan normales que hasta las hemos llegado a amar y retratar, hasta les hemos dibujado estúpidos corazones y un altar.

No ignores que te he mentido, ni las mentiras, ni las razones. No ignores nada que no pueda ocultar por siempre, no ignores siquiera que te escribo que te pienso, no ignores incluso que en mis mentiras no ceso.

Porque cada que nos ignoramos, las máscaras se hacen gruesas y se funden con la piel rosada que no ha visto la luz de tu mirada; se están confundiendo y mezclando, se hacen maquillaje marica de sociedad cínica.

¿Y dime, por qué me siento tan lejana a tus palabras y tus acciones, siendo que tu eres el rey de corazones?

Te aman, te aclaman, eres un pozo de desdichas con lágrimas femeninas, masculinas, maternales, imagino que también de algunos animales.

Pobres de nosotros, de nuestras máscaras e incomodidades. No sabemos parar, no sabemos hablar si en banalidades no ha de acabar.

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