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Un conejo y un reloj. 

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  Qué triste debe de ser el mundo sin nubes—dijo Claudia mientras se recostaba sobre el pasto ligeramente húmedo; por unos instantes sintió cómo poco a poco la humedad del pasto penetraba su vestido nuevo y llegaba a su espalda, causándole un pequeño escalofrío que le recorrió la piel. 
Justo en ese momento un pensamiento cruzaba su mente, uno importante, quizá se trataba de una advertencia de su madre, quien no la había dejado salir a jugar con sus amigos por el compromiso que tenían esta tarde.
Claudia recordó que estaba molesta con con ella y que no quería ir a esa fiesta donde nunca conocía a nadie, donde la música no le gustaba y donde no podía ver nubes, eso era lo principal, las nubes. Y justo cuando esos pensamientos cruzaban corriendo en puntitas por su mente, vio una nube hermosa —¡Un pato!— dijo en voz alta con sorpresa al mismo tiempo que lo apuntaba con su dedo índice. 

Era un pato pequeño, de apariencia bonachona y esponjosa; era un pato feliz y parecía que su cola se movía, a lo que Claudia soltó una pequeña carcajada.

Era una tarde perfecta, la niña podía sentir los rayos del sol posándose sobre su rostro como una delgada sabana, tibia y suave; el viento movía los cabellos de su flequillo delicadamente, como si los hiciera flotar para darle un poco de sombra a los ojos de Claudia y moviera también los pliegues de su vestido azul cielo con rosas rojas diminutas para hacerlas bailar. 

Así, recostada sobre el pasto, Claudia perdió noción del tiempo; el cual, al verla ignorarlo, puso su reloj junto a su pierna derecha y se sentó a su lado, miró también el cielo que poco a poco se llenaba de nubes, de patos, de cocodrilos bailarines, de dragones, de tantas formas que iban y venían en el cielo azul. 

Todas las nubes eran hermosas y amigables. Pasaban por donde Claudia y la saludaban con ademanes distintos; el gato saltaba de nube en nube y al ver a la niña, se detenía a lamer sus bigotes, lamía su mano y la pasaba sobre su cabeza, para después hacer una mueca sonriente con los ojos y seguir saltando hasta desaparecer. Pasaba también una tortuga marina, nadando y moviéndose en zigzag, para después mover su aleta en forma de saludo y seguir nadando y nadando. 

Con forme desfilaban los animales frente a Claudia, marchando cual soldados, caminando, nadando, volando y más andos; la pequeña iba sintiendo como su espalda se humedecía cada vez más y se hundía en el pasto, podía oler la tierra mojada bajo su cuerpo y, por instinto, hundió los dedos en la tierra a su lado. 

La tierra fría y reblandecida por las extrañas lluvias de finales de otoño, se metió bajo sus uñas y pintó sus dedos de un ligero color marrón obscuro. Al ver sus manos sucias, Claudia las llevó a su rostro y, a forma de una mascarilla de barro como las que usa su mamá, embarró su rostro con una risa cómplice de la travesura que realizaba. 
Con el espectáculo fantástico que tenía lugar frente a sus ojos, Claudia sentía como sus párpados pesaban cada vez más y se cerraban, luchaba contra el inevitable sueño y arrullo del cálido del día. Abría los ojos, veía alguna forma en el cielo y, sin éxito, las pesas que colgaban de sus pestañas, cerraban las cortinas del show. 
Y de pronto el viento ya no hacía bailar las rosas, ya arrancaba las hojas del árbol; ya no movía suavemente el fleco de Claudia, ya alborotaba su negra y corta cabellera de un lado para otro. Sin advertencia un trueno estrepitoso, de esos que retumban en las paredes, causó que de un sobre salto, la tranquilidad de su dormir, se colapsara.

El corazón le palpitaba en los oídos y como recuperándose lentamente del susto, las formas del pasto fueron cobrando vida y se movían, se pintaban de un verde grisáceo, las hojas secas y cafés caían como lluvia sobre su jardín y el viento fuerte cargado de polvo suelto, picaba sus ojos grandes y negros. 

Claudia se incorporó y alzó la cabeza al cielo, las nubes se habían colapsado en un gris funesto y frío. El viento huía del desastre que había causado en los árboles y los jardines, huía apenado y a prisa del mal tiempo. 

—¡El tiempo!— pensó entusiasmada y al mirar a su derecha, el tiempo ya no descansaba a su lado. En su lugar el pasto doblado dejaba evidencia de su descanso tímido. 

El día nítido, radiante, el día del cielo azul y rayos cálidos, ya no era más, ahora era una mala fotografía desenfocada de algún turista desprecavido, pálido, gris, borroso y somnífero. 

Claudia intentó ponerse de pie al ver que la lluvia se apresuraba a su lugar, con gotas grandes y fuertes, gotas que rebotaban en el pasto y volvían a mojarle las manos y las piernas. 

Pero no pudo incorporarse, su cuerpo no se movía y se hundía lentamente en el pasto fangoso y por más que intentará moverse, sólo conseguía hundirse más.  

La desesperación se apoderó de Claudia y al no entender que si se movía se hundiría más, comenzó a sacudirse enérgicamente. Los músculos de sus brazos y piernas comenzaron a acalambrarse, se agitaba y su respiración se cortaba, podía sentir como el lodo le cubría tres cuartas partes del cuerpo y oprimía su pecho de tal forma que dificultaba su respiración. 

Pronto la calma llegó a su cuerpo, miró el cielo, como era su costumbre, y entonces lo vio: las nubes, ya negras y cargadas de lluvia, se afilaron una a una para formar unos ojos grandes y bellos, que en segundos se transformaron en un rostro familiar, pronto un cuerpo que se acercaba y en nada un brazo bajaba hasta ella, que ya casi cubierta hasta el cuello dejó de moverse…

— Claudia, cariño, despierta— le dijo su madre con voz tierna y baja y al no ver respuesta pronta bajó su brazo hasta su hombro, en cuanto la tocó Claudia brincó y dio un pequeño grito. 

—Tranquila, fue sólo un sueño, ahora ve a casa por tu suéter, que es hora de irnos, te lavas también la cara, mira que desastre con tanto lodo—

—Mira madre, es un conejo ¡y hay un reloj!—

— Ay Claudia, creo que has leído demasiado ese libro, tal vez sea hora de ir por otros, pero anda, ve por… ¡Claudia, tu vestido! ¿No te dije que tuvieras cuidado con el pasto junto al árbol? Lo regué esta mañana. 

Claudia al entrar a su casa vio por última vez el cielo y al verlo azul, hermoso, con nubes blancas y esponjosas, respiró con tranquilidad. 

Historia para dormir.

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Esta es la historia de un globo, sí, lo leyeron bien, era un globo medianamente lindo y lo suficientemente grande para ser notado, digamos que ese globo era azul y si no parece muy feliz, digamos que dentro de su frialdad tenía bonitos lunares rojos por todo su cuerpo.

A este globo le encantaba coquetear con las nubes y bailar con el viento, disfrutaba volar tan alto como pudiese, ganarle a las nubes y ver el bello sol salir tímidamente del mar, pero lo que más disfrutaba era platicar con la luna y seguirla toda la noche -era uno de esos amores eternos e inalcanzables que te erizan la piel-  Así pues, la seguía cada noche y la miraba dar vueltas, como modelando, hasta ver únicamente la sombra de su cabello confundiéndose con el cielo negro.

Todo el tiempo el globo azul se la vivía soñando tan alto, tan alto que los otros globos eran parte del confeti de colores en el suelo y aunque amaba soñar, también temía perderse en el espacio y volar sin control, perder de vista su realidad, su mundo. Para evitarlo, un buen día, que no recuerdo con exactitud cómo sucedió, se amarró al suelo con un cordón negro larguísimo pero no infinito de tal forma que no se perdería, pero era lo suficientemente largo como para seguir teniendo sus placeres celestes.

Poco a poco el globo fue perdiendo intereses, sentía que ya había contado todas las estrellas, que ya había platicado todas las palabras con la luna, que ya no quedaba nada por hacer. También por las mañanas el sol llegaba a fastidiarle y las nubes ya no eran fascinantes sino transparentes y amorfas.

-En este punto podríamos pintarle un “Pero” feliz a nuestra historia, sin embargo no es una historia feliz, es la historia de un globo común y mortal, un globo cualquiera”

Conforme pasaban los días el globo veía cada vez más cerca los confetis que convivían monótonamente bajo sus leyes, flotando a escasos metros de la realidad.

Justo entre los sueños y el suelo, el globo encontró menos luz, le costaba un poco respirar y al cabo de unos días descendió tanto hasta poder ver a los renegados, aquellos globos que algún día fueron grandes y soñadores pero que de vez en cuando perdían un poco de su alma, aunque aún se aferraban a las ramas de una ilógica ilusión.

Más abajo encontró la multitud, pensó en pintar sus lunares y ser ahora un globo liso y mate -¿Qué les parece un color de moda para encajar en el contexto, qué tal un naranja neón?-  Así pues, entre la gran gama de neones flotaba nuestro triste globo con un anticuado cordón negro que nadie notaba, corrección, nadie había notado hasta que lo mencioné hace unas cuantas palabras y la crueldad de las masas se apoderó de él, jalándolo de quién-sabe-dónde hasta que pronto su rostro -si le permiten tener uno, recordemos que sólo es un globo- quedó pegado al piso.

-Si los globos tuvieran pies seguro habrían matado a nuestro amigo, pero ¿Alguien puede imaginar la agonía de un ave que no puede volar? así sufría. Adherido al suelo el ex globo azul.

Encadenado por sus decisiones nuestro globo ya no veía la luna, ni jugaba con las nubes y pronto ni el sol podía alumbrarlo, en una exageradamente larga agonía fue perdiendo su vitalidad…

-Imaginemos que la escena termina con el ruido de unas voces que nadie comprende de fondo, en la tercera parte izquierda de la pantalla se encuentra el globo recostado contra el suelo con la mirada perdida y lentamente la toma se aleja con un soundtrack de notas tristes…

¿Pueden imaginarlo? Yo no, es sólo un globo.

FIN

 

Bifurcación, Destino.

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Este Cuento lo mandé a un concurso de la revista Punto de Partida, desafortunadamente, no ganó ni una mención honorifica. Lo publico al fin, advirtiendo un final fuerte y no apto para personas sensibles y con poco criterio… Espero les guste. 

 

 

“Toco tu boca, con un dedo toco tu boca”  Repetía constantemente con chorros controlados de voz entre sus labios inexpertos; “tu boca, tu boca, boca.” Adormilada acomodaba esas ideas que le impedían memorizar el capítulo 7 de la Rayuela, enamorada de la diestra pluma de Julio, su amor platónico de otros tiempos.

-Está decidido, no podré memorizarlo si no desecho esos pensamientos extraños que encadenan mis palabras- se dijo para sí mientras tomaba su abrigo y su bufanda, pues, como usual, la ciudad seguía por la tarde con humor triste; triste quizá para aquellos que amaban mostrar los tobillos, las piernas, la barriga, desahogar los sentimientos condensados en sudor caliente emanado de su cuerpo.

Pero no así para ella, quien disfrutaba sentir la caricia del viento frío en sus mejillas, en sus manos, sentir su nariz tornada a rojo claro, sentirse viva, activa, feliz.

En sus bolsillos guardaba lo necesario para su caminata por el parque del pueblo, quizá por la plaza o por las calles de los negocios de comida, los aromas de éste último lugar le traían siempre memorias de aquellos tiempos cuando solía caminar de su mano, sonreírle y besarlo tímidamente con una mirada brillante, pero no escogería recordarlo, al menos no hoy.

Llevaba el trozo de papel con las palabras a recordar en una mano y con la otra palpaba la primera roca del día <extraño habito suyo el de coleccionar piedras pequeñas de río >.

Así pues, se dispuso a caminar por el parque, que estaba algo solitario y nostálgico ya que las madres de hoy en día prefieren que sus hijos jueguen seguros y calientes en sus casas, en lugar de que se ensucien y diviertan al aire libre; lástima que ya no es una niña que pueda ser advertida por una madre que conoce el mundo.

“Me miras, de cerca me miras” y se sentaba con los ojos cerrados al borde de una fuente en el centro del parque; pequeños hilos de agua, que subían y bajaban al compás de sus pensamientos, le arrullaban la mente dejándola disfrutar de esas palabras que poco a poco se adentraban en su memoria.

Viajaba con esas dulces palabras a recorrer el mundo entero con su imaginación siempre viva y danzante entre auras, entre torres al cielo, escaleras infinitas adentrándose al Aleph, recorriéndolo de palabra a palabra, saltando de cuento en cuento, conviviendo con la princesa Iztaccihuatl y su trágica historia, de las lágrimas derramadas por Popocatépetl a la visión de su infalible resultado.

La brisa cambia y hace que el agua rose su piel despertándola del trance en el que se encontraba; el silencio a su alrededor hizo su corazón latir con rapidez, no había notado que el día había seguido su paso y la había abandonado, dejándola con la bella y aterradora obscuridad.

“clip” y se sumaba una piedra que chocaba con las otras de su bolsillo.

En unos segundos más el poco sol que quedaba al horizonte, se hundió entre aquellas copas de árboles que lograba aún ver, pasaron pocos minutos en completa obscuridad y ella sólo podía aferrarse al borde de la fuente con pensamientos que la tranquilizaban; Cortázar. Imaginaba que cuando abriera los ojos el parque estaría iluminado y podría caminar a casa con tranquilidad, pero la razón le advertía que sus ojos no estaban cerrados, que había peligro y que se encontraba sola.

Su respiración se agitó, cerró los ojos y cuando los abrió la iluminación del parque se había encendido al fin. Respiró con tranquilidad y se dispuso a caminar a casa; mañana terminaría de memorizar el poema en alguna otra caminata o tal vez lo terminaría mientras lograba dormir <siempre tuvo problemas para quedarse dormida y en vez de contar ovejas, se contaba historias>.

Caminaba de regreso cuando una fuerte ráfaga de viento arrebató de sus manos la hoja que llevaba en ellas, haciéndola volar tan alto y tan lejos que lo único que pudo hacer fue seguirla con la mirada, expectante y esperando verla bajar por azares del destino de nuevo a sus manos. Claro, no fue así; la siguió por unos cuántos minutos viéndola dar círculos, caer en picada y levantarse milagrosamente para proseguir su viaje inmortal.

Cortando su visión la empujaron unas manos extrañas y “splash” su cara se empapó de agua encharcada con un gran sobresalto. La rodeaban cuatro hombres queriéndola robar, o eso pensó, trató de gritar y una mano fría sofocaba sus intentos por sobrevivir. Su mente viajó hasta ese otro hombre en busca de ayuda, sabía que no debió de tomar ese camino, esas decisiones sólo por evitar pensar en él cuando ahora lo único que ocupaba su mente era su nombre y un grito desesperado de ayuda.

-Era inútil- pensaba mientras cerraba los ojos y debilitaba la resistencia a sus agresores, de pronto sintió la mano áspera desaparecer de su boca y otra tibia y suave tomar su mano arrebatándola con prisa. Abrió los ojos, era él, por alguna razón que atribuyó mágicamente al destino, estaba ahí, salvándola de aquella situación.

Corrieron y las rocas en su bolsillo saltaron suicidándose al vacío, la bufanda también abandonó la lucha y ella lo miraba, por qué estaba ahí, justo en ese momento y no antes, no después. Sólo lo miraba.

Estaban detrás de ellos, eran cuatro y tan pronto sólo dos; corrieron a prisa y de frente el brillo de una navaja interceptó sus miradas, aquellos completaban el cuarteto. El puente sería su única salida, subieron las escaleras con rapidez, si lograban cruzarlo podrían tomar otro camino que los sacara del peligro, alguna persona que pudiera ayudarlos, alguien que les diera refugio, ayuda, pero el mundo estaba mudo.

Su pequeña obsesión por ser descuidada la llevó a un lugar con olor a muerte a desolación, con perfume a maldad. El condado era pequeño y con contrastes inimaginables, por un lado la población era amable, bondadosa y honrada, justo cruzando el parque era lo contrario. Un puente dividía el bien del mal, la riqueza de la nada. Aquellos segundos vivieron como marginados de la sociedad, con marcas como la de Caín en sus frentes. Se vieron obligados a mendigar por comida, a robarla, a matar por dinero y finalmente enloquecieron.

¿Por qué? Se preguntan, no lo sé, sólo sé que el mundo tiene personas y que quizá ellas sean diferentes y esas diferencias no sean agradables a otras y entonces se aparten, se cohíban, se adentren al laberinto de su mente perdiéndose para siempre.

Al final de las escaleras acabando el puente que pensaron los salvarían, estaba una mujer embarazada con un niño pequeño de la mano y un bebé en brazos, conforme se acercaban a ellos sus ropas comenzaban a detallarse, la suciedad en sus manos, en sus cabellos, esos colores de tono vino en su pecho, en su falda, en las ropas del niño, la locura y maldad en sus miradas desviadas; Todo parecía indicar que no era una salvación y muy tarde lo notaron.

“Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces” En un instante ella recordó con esas palabras, tiempos de felicidad con él, sonrisas, promesas, caricias, amor. Tomó con más fuerza su mano y un con un suspiro le confesó su temor.

-¡Son míos!-  gritó la mujer embarazada -¡Son míos y si los tocan la pagarán!- les advirtió a los hombres del puente que parecían animales de caza, sin voz, sin inteligencia, sin intención alguna que la de obedecer, matar y sobrevivir.

Ya los tenían acorralados. Con una sola mirada él le hizo saber, soltando su mano, que trataría de salvarla. –Te conozco y te sigo para cuidarte – le dijo resolviendo la duda del destino o quizá confirmándola. – Vete- le susurró al oído y segundos después empujó a la mujer embarazada.

Con el bebé que tenía la mujer en brazos, lo golpeo, descalabrando tanto al infante como al hombre; la sangre corría por su oreja y una mirada fue lanzada hacía el amor que nunca persiguió.

El niño pequeño se abalanzó sobre las piernas de nuestra amante Cortaziana, mordiéndola hasta arrancarle un trozo de su pierna derecha, mientras que con sus brazos arañaba sus piernas llevándose entre uñas, carne y sangre.

Ella gritaba con desesperación del dolor que el niño le causaba, pero gritaba aún más de ver cómo la mujer golpeaba a su semi-heroe y le destrozaba el rostro y la cabeza con el bebé, tomándolo como un costal, un arma para matar a golpes a ese pobre hombre. Su cuerpo ya no se movía, la sangre rodeaba su cabeza y su cuerpo.

Finalmente la mujer tomó una navaja que sacó de su busto y le cortó del pecho al ombligo con una increíble facilidad, se podía notar la felicidad que emanaba de sus ojos abiertos al máximo, comida, al fin comida.

Bebió la sangre que corría por el pecho de su banquete, la tragaba y succionaba como desesperada pues la sed le aturdía los pensamientos. Una vez saciada su sed dispuso sus manos dentro del cuerpo del hombre para arrebatarle las vísceras y devorarlas, masticando, destrozando y casi sin respirar.

Un grito se ahogaba en la garganta de su amada, expulsando lágrimas y sollozos, estaba muerto, estaba siendo devorado frente a ella y no pudo hacer nada para impedirlo. Con la rabia de su debilidad, irónicamente sacó fuerzas y se quitó al niño de encima, lo lanzó contra una pared cercana y trató de correr hacía el que alguna vez fue su amante. Golpeo a la mujer y ésta le regresó el saludo con la navaja atravesada en su rostro.

La sangre corría por sus manos mientras se cubría la herida de la cara y, súbitamente, la mujer embarazada comenzó a gritar tocándose el estómago mientras comenzaba a pujar, líquido corría por sus piernas combinado con sangre, estaba dando a luz en ese preciso instante, sin sentarse sólo abrió las piernas y con sus manos sacó a su recién nacido hijo.

El nuevo bebé había nacido, tenía apenas unos minutos y la mujer ya lo tomaba como arma; lo tomó de las piernas y con la cabeza del bebé la golpeo dejándola inconsciente, para asegurarse, la mujer le dio varios golpes más por todo el cuerpo, cuando ya no hubo movimiento, con la navaja cortó el cordón umbilical y aventó al bebé como si fuera basura; ni un solo llanto emitió su arma improvisada, quizá fue ajeno al dolor y esquivó con suerte la vida que le destinaba su origen.

-Tengo hambre – Le dijo el niño a su madre. Cuando la desafortunada joven finalmente recuperó la consciencia pudo escucharlos hablar. –Si quieres comer consigue tú tu comida- le gruño su madre entre dientes y boca llena mientras le aventaba la navaja.

Cuando abrió los ojos vio los ojos del niño clavados en los suyos, con una sonrisa pícara y malvada. Bajó débilmente la mirada pues sabía que no había nada más qué hacer, su vida estaba por terminar y como un rayo inesperado el pequeño encajó la navaja en ella haciéndola gritar de dolor. Hizo un hueco para meter su minúscula y delicada mano, palpó un par de veces, ella podía sentir su mano dentro, buscando algo, algo vital y finalmente le arrancó el corazón…

El tiempo se detuvo dos instantes dejándola ver decenas de cuerpos bajo el puente, fetos, bebés muertos, esqueletos, sangre. Muerte.

“Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella.” Desfilaron una a una las letras en su mente y en sus labios por última vez.

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Hace días que he pensado en nuevas diversiones, la monotonía de mis días ha hecho de mí una persona de imaginación libre. Tengo siempre la misma rutina: casa, trabajo, casa, trabajo. A veces, es decir, casi todo el tiempo el trabajo absorbe mis días.

Cuando tengo algo de espacio en mi ocupada agenda mi mente vuela sin cadenas llegando muchas veces a lugares tan obscuros y aterradores que, tengo que confesar, me excitan y asustan a la vez, ya que he de decir, el placer de las delicias del acto sexual es abrumador y aun así no es suficiente.

Ante la sociedad soy una persona normal, con carga de estrés, sin tiempo para divertirme, sin amigos, ni vida social, sin nada más que el deber de servirle a alguien a cambio de dinero. Mi vida en la luz es patética, es un punto negro en un cuarto a plena obscuridad, pero bueno creo que escribo esto por el primer pensamiento de este escrito, nuevas formas de diversión, entretenimiento.

¿Que por qué necesito algo nuevo que hacer? Bueno lo que hacía con anterioridad me ha dejado satisfecha por el momento, ahora mi nueva meta es redactarles los más obscuros deseos de esta inocente mente, que a decir verdad, no sólo son deseos, es realidad que he de relatar.

Digamos que no soy una mujer con un atractivo abrumador, soy promedio, pero a diferencia de las personas promedio, tengo la facilidad de atracción, con mi mirada puedo seducir a un hombre al punto de captar su atención, con una selección de palabras altamente planeadas puedo hacer que éste desee llevarme a la cama, con algo más de manipulación de la voz, hablarle seductoramente al oído, acariciarle el rostro, jugar con sus cabellos, puedo hacer que crea que ha logrado su objetivo.

Mi apartamento está en el último piso de un edificio alto, la azotea es completamente mía y desde ella nada, ni nadie puede detenerme de mi objetivo.

Naturalmente él, ellos, mis víctimas, me conceden la compañía a casa, donde pasarán la noche de su vida. Al llegar el juego comienza: los besos apasionados hasta la habitación, la temperatura aumenta conforme la ropa disminuye, pero es justo cuando se podría creer que el acto sexual está por completarse cuando pido a mis acompañantes lo hagamos en la azotea.

Completamente desnudos subimos las escaleras entre excitación, caricias y perversión. Todo está planeado “lo haremos a mi modo” les digo agresivamente mientras ellos se excitan al pensar que soy una loca pervertida quien los golpeará, quien les hará placeres orales y cumplirá sus fantasías en cuero negro, pero nada es lo que te esperas.

No hay cuero, ni golpes ¿Qué es lo que hay entonces? Les contaré que fue lo que hice con uno de ellos, fue el mejor, casi no suplicó.

Fue una noche de diciembre, hacía frío y recuerdo que podía notar sus rojas venas por su blanca piel, al llegar a la azotea le pedí se recostara sobre una manta blanca, cuando lo hizo tomé una de sus manos y lo até a un tubo que tenía para estas ocasiones especiales, los tubos tenían cuerdas con las cuales aseguré no escapara, lo mismo hice con la otra mano hasta que él quedo con la forma de la letra T recostado sobre el piso.

Comencé lenta y delicadamente a besar su frente, su nariz, proseguí hasta sus labios, que realmente eran dulces y carnosos, besé su cuello, sus lóbulos, baje por sus hombros, al llegar a su pecho me detuve a escuchar su corazón latir rápidamente, lo cual me excitó más.

Besé con pasión todo su cuerpo, él estaba al borde de la locura, tan extasiado, tan desesperado por tomarme entre sus brazos y comerme a besos, por consumar su placer sexual; en ese momento me di cuenta que debía comenzar a divertirme.

A un metro de donde él se encontraba estaba siempre una caja que parecía ser de herramientas, la cual contenía un extenso surtido de objetos filosos, picahielos, bisturí, cuchillos, navajas, etc.

Mi favorito siempre ha sido el cuchillo más grande de la caja, es del largo de mi antebrazo y es muy filoso, precioso.

Cuando lo tuve en mis manos y lo acerqué a su rostro no pude evitar guardar en mi memoria su expresión de terror y placer, creo que pudo haber sido mi pareja ideal, pero bueno, prosigo. Su miedo hizo brotar en mí una sonrisa y un brillo especial en mi mirada.

Con el instrumento en mi poder comencé a rasgar su hermoso rostro, lástima de belleza, la sangre brotaba por pequeñas cantidades, yo besaba cada una de las cortadas que le hacía.

Sus labios fueron lo que más disfruté, corté pequeños fragmentos de ellos, mientras el rojo fluido corría por su boca, su cuello, yo lo besaba, él gritaba de dolor pero sabía que lo disfrutaba tanto como yo.

Cuando terminé con sus labios, su sangre cubría mi boca y parte de mi cuello, era muy poca sangre en realidad.

El ambiente estaba aún muy frío, sin acción así que decidí comenzar a hacer cortadas más profundas por sus hombros, sus fuertes y varoniles brazos, sus costillas y su hermoso abdomen no quedaron exentos, ahora había más sangre, la blanca sabana que estaba debajo de él ahora estaba teñida de un rojo intenso.

A pesar del dolor que le causé pude lograr que se excitara, (supongo que su mente estaba tan retorcida como la mía) y cuando su miembro estuvo en el punto más alto lo corté de una sola tajada, lanzó un grito ensordecedor y la sangre brotaba como si fuera una fuente, la vista era hermosa, tome su miembro en mis manos y lo coloque en su boca para apagar sus gritos.

Nuevamente comencé a besarlo, creo que me estaba enamorando, mi cuerpo se llenó de su sangre, cada centímetro de nuestros cuerpos era rojo.

Antes de finalizar mi acto observé por última vez mi creación, sus bien torneados muslos, su cuerpo sin miembro, la sangre aún brotando, aunque débilmente, de sus heridas, sus labios hermosos destrozados rodeando su miembro y su mirada pidiendo compasión.

Finalmente se la di, con el cuchillo abrí su pecho hasta el estómago y con mis manos y algo de esfuerzo saqué su corazón, lo coloqué entre sus piernas y en su lugar dejé una flor, una rosa blanca que, naturalmente se manchó de rojo, era la escena perfecta.

En el lado contrario de donde estaba la caja de herramientas, estaban mis instrumentos para pintar; aún estando desnuda comencé a pintar la espléndida imagen de mi difunto amante.

La obra de arte yace en mi pared junto con las obras de mis otros amantes, si tan sólo alguna de mis víctimas antes de querer quitarme la ropa observara mi sala y contemplara mis pinturas entendería que es mejor no subir conmigo a la azotea, pero nadie lo hace, lo único que quieren es sexo.

 

De mis amantes

Un Piano

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Un vagabundo, escoria de la sociedad, marginado de la misma; los hombres invisibles que todo mundo nota. Eso mismo soy yo ahora, en el presente tiempo “hoy” del horario oficial; no siempre fue así. Yo tenía una familia, amigos, trabajo, una vida, un hogar pero esa maldita enfermedad de estar obsesionado con la belleza del cuerpo humano me llevó a mi actual situación.

¡Qué desgracia tan afortunada para la sociedad! Se ha perdido en los laberintos de la locura un sociópata empedernido, dedicado al noventa por ciento en su papel de actuación para esta obra llamada vida; mientras el otro diez por ciento se malgasta en las memorias documentadas que usted está por conocer.

¿Por dónde comenzar? ¿Se interesaría más en mi vida gris de sociedad normal o en la razón de mi vida como vagabundo? ¡Claro! El morbo va a las razones personales ¿Cierto? ¿Qué lleva a un hombre a abandonar todo para vagar sin rumbo por los senderos del mundo?

Pues bien, todo comenzó – ¿o terminó?- hace exactamente siete mil novecientos veinte días y quince horas, al inicio de este relato; cuando una melodía de piano me atrajo a subir las escaleras de un edificio con nostalgia coloquial hasta un apartamento. La puerta se encontraba entreabierta y las notas musicales salían danzando ballet, triste y trágicamente, de la habitación dando vueltas y saltos hasta enredarse en mis cabellos.

Me incitaban a entrar y verlas bailar más de cerca y admirar a su creadora…No me resistí, entré tímidamente sin hacer un solo ruido y la vi, sus cabellos largos hasta la cintura caían por su blanca y desnuda piel. Era tan blanca que al reflejo de la luz podía cegar con una sola mirada.

Caminé hipnotizado y por mera intuición hacía ella, que hacía movimientos encantadores con su espalda al compás de la música – yo no sé mucho de música y el que nació ese día tampoco, pero nos hicimos admiradores fervientes de su belleza, de la música, de ella-.

Caminé hasta estar a dos suspiros de tocarla y el último paso hizo crujir la madera del piso cortando tajantemente la hermosa melodía. Inmediatamente ella se volvió, encontrándome y escapando como el aire a esconderse ahogando un grito del psicópata que pudo creer que era; pues claro estaba desnuda, eso lo dije bien, sí, tocaba el piano completamente desnuda y no fue sólo su cuerpo perfecto lo que me enamoró, aún no lo sé, sólo sé que no puedo sacarla de mi mente. Sí puedes, pero no quieres, claro fue nuestra primera obsesión y las cosas no terminaron ahí. Permítame contarle el restante de ese día en el que “nací”.

Mi compañero y amigo, aquí presente, se enamoró instantáneamente de ella y yo salí a defender la razón que, hasta ese entonces, se encontraba oculta. Lo recuerdo bien, sí hace 22 años de eso:

“- Ella es hermosa ¿Acaso no lo puedes ver? La espanté y quizá no salga de su habitación, tal vez ya esté llamando a la policía y nos llevará a la cárcel, no quiero ir a la cárcel, soy muy joven y tengo sueños ¿qué voy a hacer? –

-Tranquilízate y déjame hablarle, camina y acércame a su puerta, no te exasperes y da un paso a la vez, no queremos parecer torpes y espantarla aún más-

< ¡Señorita! Disculpe, no quise espantarla, la puerta se encontraba abierta y su música me atrajo, lo lamento mucho, no volverá a pasar. Me retiraré aunque temo por usted, no soy un psicópata pero parece ser que su puerta principal no cierra y cualquiera puede entrar, como lo hice yo. Por favor permítame repararla, sólo necesito un poco de herramienta o si le place puedo llamar a alguien para que lo haga, si tan sólo me prestara su teléfono yo… >

< ¡Largo de mi casa pervertido! >

< Lamento el inconveniente yo solo quería admirar su música, yo…>

< ¡Fuera de aquí o llamaré a la policía! >

– ¡Lo vez! Estamos perdidos, correré, déjame correr ¿por qué no puedo moverme? ¡Huyamos! –

– ¡No! Calla, no huiremos, tengo planes para esto ¿Acaso no la quieres? lo sé, sé lo que sientes ¿Lo olvidas? –

-Lo vez, la has hecho llorar, su voz sonaba temblorosa, quizá es el miedo que le damos, vámonos ya-

– ¿En serio nos vamos? Creí que no tenías intenciones de irte-

-¡Calla! Nos escuchará… ¿vez? Si murmuramos las cosas así, sólo tú y yo escucharemos, nadie más tiene que enterarse de nuestras conversaciones-

– ¿Así está bien, quieres que baje más mi tono? ¿Nos esconderemos aquí? ¿No entiendo, por qué? creí que nos íbamos.-“

Justo después, ella salió de su habitación con una secadora de cabello en las manos tomándola como arma. Se escondía entre los muros y las sombras de su propia casa vacía, cosa graciosa ¿saben? Ah, claro, noté que más personas se acercaron a escucharme, continuo… El escenario era fantástico, idóneo, tenía grandes ventanales sin cortinas, las paredes eran color arena –si es que eso existe- no había nada más en ese espacio, sólo un gran piano negro –Típico- y una pequeña maceta de la cual emergía una, nada agraciada, flor naranja; sus pétalos estaban siendo comidos por los animalejos pequeños que las devoran, olvidé su nombre pero son pequeños y feos de un color alg… ¡ouch! La historia, claro.

Nosotros nos escondimos en la cocina que estaba junto al pasillo donde estaba su habitación, escuchamos sus pasos aproximarse, lentamente hacia nosotros, yo no supe en qué momento él lo planeo, no sentí dudar nada, sólo me dijo que lo dejara hacer todo, que él se encargaría y tan pronto como me di cuenta mi bella doncella estaba en el piso y la tersa piel blanca de su rostro se adornaba con hilos rojos de sangre.

Pude admirar la escena bien ya después pero… Déjame contar esto a mí, en realidad lo disfruté y no digas que tu no, porque lo sé, lo disfrutamos mucho.

En cuanto vi uno de sus pies asomarse por el pasillo me abalancé sobre ella con la tonta maceta y se la reventé en… ¡qué gracioso! Lo vengo notando… se la reventé en la maceta. Obviamente cayó fulminada por mi encanto y el golpe, pudimos observarla con detenimiento y entendí por qué estaba enamorado, perdón, está enamorado de ella.

Su rostro era realmente hermoso, las facciones finas y delicadas como las de un infante que ha crecido fuera de la sociedad, sin ser perturbado ni un poco por ella; su rostro transmitía inocencia pura y una tranquilidad preciosa.

¿Que si la maté? Claro, es lo que se podría pensar, entiendo tu pregunta pero permíteme continuar.

El golpe con la maceta no la mató y aunque yo hervía en ganas de hacerlo, de matarla lentamente mi tonto amigo me detenía cada que intentaba convertir mis manos en un collar muy apretado para ella:

“- No puedes hacerlo, es una vida y no podemos andar por ahí matando gente, es inmoral ¡Está mal! –

– ¿Quién dice que está mal y por qué? ¿no lo hacen todo el tiempo? cada día hay miles de muertos en el mundo, asesinatos, torturas, “accidentes” ¿por qué ellos no se detienen y piensan lo mismo que tú? –

– No, no, no lo sé, yo simplemente creo que está mal, algo me dice que está mal disponer de la vida de alguien más, cuando a mí no me gustaría que me mataran ¿Por qué lo habría yo de hacer si no quiero que me lo hagan? –

– Buena esa, pero yo no pienso así, tú has tenido control desde hace mucho y yo me he reguardado en tu mente desde aquel momento que, por “Accidente” mataste ese cachorro, una parte de ti, es decir yo, lo disfrutó, disfrutó ver la sangre correr por mis manos, nuestras manos, es eso ¡La sangre! Es vital y nosotros la teníamos a chorros por todos lados ¿no te excita? –

-¡Calla! No es posible que digas eso ¿Eres un enfermo? –

– Somos, mi estimado, somos-“

Él era débil pero poco a poco se fue acostumbrando a mi presencia, a mis gustos y se fue a adaptando a ellos, porque… ¿Que qué pasó con la chica? Al parecer su morbo es infinito, quise omitir los detalles ya que hay niños presentes, es el horario familiar aún.

¿No importa, los niños ya se van? ¡Increíble! Pues bien continuaremos, ella estaba inconsciente aún y yo la admiraba, tocaba hermoso su rostro y lo llenaba todo de sangre, me llevaba las manos a la cara para compartirla y con mi boca recorría todo su rostro, su cuello de marfil, sus hombros afilados. Como un desesperado la despojé de su bata de seda suave para descubrir su bello cuerpo, sus senos pequeños pero hermosos, sus caderas ajustadas y sus piernas tersas; toda ella me enamoró con su delicada piel de durazno blanco.

Con mis manos la acaricie por completo, ella no se movía en absoluto y el simple hecho de combinar mi pasión, la sangre y el cuerpo de una hermosa mujer postrada a mi disposición me excitaba al grado de desbordar mis maléficas intenciones y llevarlas a cabo.

El éxtasis me llevó a la locura, besé cada centímetro de su cuerpo, incluso me corté el brazo derecho con un cuchillo que encontré casualmente en la cocina, para combinar mi sangre con la suya para así poder poseerla. Sí, con poseerla me refiero al acto sexual, la penetración, el acto sexual no consentido por su parte y lo que hermosamente llaman “violación”.

Mi querido amigo, aún débil como les decía, intentó detenerme al momento de cortarme, cuando comencé a excitar mi miembro, cuando me tocaba y la tocaba, cuando la comencé a violar; obviamente no me detuvo y sólo sentía como a partes me invadía su sentimiento de asco, de miedo y remordimiento y, a decir verdad, me excitaba aún más; era una clase de violación doble, la de la muchacha y la de él.

Mientras seguía violándola la tomaba del cuello y justo al punto de mi éxtasis ella despertó. No sé si gritó de pasión o de dolor pero ahogué sus gritos cortándole la lengua con mucha dificultad, pues aunque aún se encontraba débil del golpe, pudo pelear un poco, claro, soy hombre y en ese tiempo era fuerte y viril. Con la lengua me llevé un poco de sus labios hermosos pero logré que con la sangre que caía por su garganta dejase de gritar; después la comencé a ahorcar mientras seguía penetrándola para culminar en un hermoso orgasmo, el primero que realmente disfrutamos.

Respondiendo ahora, sí, la maté pero no nos deshicimos de su cuerpo, lo dejamos en la misma posición en la que la encontramos, frente al piano, con las manos en el teclado pero sin música bella más que la que íbamos tarareando al salir de ahí.

Después de eso y hasta la fecha, seguimos fieles al recuerdo de la melodía de un piano, para encontrarnos, quizá con alguna otra dama que satisfaga su memoria. No la hemos encontrado tan exacta a sus facciones y habilidades pero seguimos en busca.

Puede o no creerme, quizá sea un loco más que cuenta historias para conseguir dinero y sí, puede que las invente o quizá las recuerde, pero usted no tiene por qué saberlo. Nosotros ya somos viejos para seguir con ese ritmo pero en su momento fue lo mejor que hicimos.

–Aún lloro en su memoria y sé que te repudia que lo diga pero lo tienen que saber, hay alguien que le llora y soy yo mientras que tú te excitas cada que traigo su figura a nuestros recuerdos –

-Pobre iluso a cada una de ellas le has llorado y seguro no te acuerdas de cuántas eran ya-.


Por el camino corto del caracol

Estándar

Tantas veces como me era posible, me había preguntado qué hay más allá de esas extrañas formas fugaces que cruzaban ante mi mirada bifocal, más allá de esas torres verdes a las cuales, los mayores, han llamado césped.

Me había imaginado en esa larga travesía hasta el confín de mis saberes. Tantos días y tantas noches temerosas fuera de mi hogar, dulce, dulce tronco hueco en el cual había llegado a encontrar la más cálida seguridad.

Sin embargo, a cada ansia desesperada por explorar, un temor invadía cada una de mis entrañas invertebradas y me preguntaba porqué nadie me impulsaba a seguir este inverosímil pensamiento, pero nada venía a mi mente a forma de respuesta.

Me preguntaba a menudo, llenándome las lágrimas de coraje ¿Por qué no se inmutaba el mundo entero a mi alrededor de la curiosidad que se podía sentir, al ver simple y llanamente, por encima del horizonte común; por qué esos que nos llaman lentos y reclaman las horas que dicen tardamos en trasladarnos, no veían a detalle la perfección de la proporción? Por qué, no entiendo por qué.  Viven y mueren volando, corriendo o saltándose cada relieve de la vida que yo noté, en la cual tropecé y tardé en salir y que, sin embargo, disfruté.

Así fue entonces, vagando entre las grietas de la acera común, cuando la idea finalmente fue liberada de ese tonto bache llamado miedo. Comencé a desplazarme dejando mi marca de un orgulloso hedor a hombría y de transparencia sin igual como siempre lo había hecho.

En el camino encontré la peor de las desgracias que, aún el ser de la coraza más dura y grande, todo molusco teme encontrar; había escuchado de los mitos que los ancianos de cientos de líneas contaban sobre unas formas redondas que caen como bombas al suelo, con el previo aviso de un silbido alargado fugaz y, repentinamente, te encontrabas rodeado de la mayor cantidad de agua pura que pudieras imaginar.

Cuando éramos sólo unos pequeños e incluso en la plena adolescencia nos era difícil creer que algo tan inofensivo como el líquido vital pudiera dañarnos, simplemente era tonto pensar de esa manera y sólo lo ignoramos, lo ignoré.

Y así, ese primer día un silbido se escuchó a lo lejos, vino la saeta memorial de aquel relato y su advertencia implícita e inmediatamente contraje mi cuerpo lo más rápido que pude dentro de mi coraza, resguardándome en pensamientos positivos y plegarias que no concebía saber.

¡Splash! Gritó la bomba al estamparse y regarse por toda la acera mientras mis ojos estaban cerrados y mi cuerpo, aún contraído, temblaba de miedo al pensar que quizá la muerte emitía ese sonido; ¡splash! Nuevamente una y otra y otra vez, era un bombardeo enemigo sorpresa. Me contraje más y más, no sabía que podía hacerlo de esa manera y esperé, esperé boca arriba con la esperanza de que ninguna bomba cayera directamente a mis pies.

Mi mundo levitaba en movimientos que oscilaban entre el aquí y el allá dejándome en el estómago, lejano a mi boca, la extraña sensación de devolución al remitente.

Allí, en ese preciso momento me di cuenta que era verdad, podía moverme más rápido de lo que yo consideraba mi límite y contraje la idea de una pesada bola de acero pegada a mi trasero reteniéndome de flotar. Finalmente una buena roca agarfiada me resguardó del viaje acelerado en el que me encontraba y pude abrir los ojos. El ataque había cesado.

Como cualquier naufrago, tras tormenta, me quedé desubicado y con temor de estar más alejado aún de la meta, la tierra, la tierra prometida. Giré entonces, con suavidad mi cuerpo aún adolorido por el viaje… ¡Sí! Estaba milagrosamente a unos pasos de aquella verdad esperada; el corazón me palpitaba tan rápido que lo sentía salirse de mi cuerpo e irse volando hasta el azul que celeste cubría ahora mi cabeza.

Y la encrucijada temida llegó al fin ¿Noreste o noroeste? La piedra grisácea partía mis posibilidades ¡Tan horrendas decisiones! Llegaban entonces las preguntas a mi mente, las dudas, los temores, los condicionales que me ataban a la única forma posible de decidir las cosas, un acto de fe.

Comencé a deslizarme hacía el noreste con la ilusión y la esperanza de una revelación prometida, una respuesta que podría comprobar por empirismo y no por aquellas cosas que me han contado que si esto será así, lo era porque así lo decían y no supe yo si me habían mentido o me habían visto la cara de pendejo; sólo escogí creer.

Unos pasos más y lo lograría, me acercaba cada vez más, un poco más, sólo un poco más y sería mía; la ilusión en mi mente se reflejaba en el brillo de mis ojos y el palpitar de mi pecho, en la respiración agitada de la promesa por cumplir.

Como un maldito deseo del destino, un crujido estruendoso quebró mis oídos y al momento siguiente yacía con órganos a la vista sobre el césped. Agonizando y con el último suspiro alcancé a ver la agujeta de mi asesino fortuito.

Si tanto sólo hubiera tomado otra decisión, otro camino, otra fe. Quizá y sólo tal vez estaría muerto también, yo sólo sé que volé.

 

Por el camino corto del caracol