Archivo de la categoría: Poesía

Tu fotografía

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De vez en cuando miro tu rostro, busco tu sonrisa en cada una de tus fotografías.

La admiro y veo tus ojos pequeños hacer un arco con tus pestañas negras, ya sé, las descripciones no te sientan y son cursis, pero preciso describirte, tu nariz larga y fina, tus labios bien definidos y de un rosa casi femenino; recuerdo igual tus blancos dientes, ese aroma a tabaco dulce y, ok, entiendo que es cursi y estúpido describirte.

Pero tengo que confesar que, de vez en cuando te miro, retengo tu rostro en mi mente y espero lentamente que se vaya borrando con el tiempo, para así tener el perfecto pretexto de mirar tu foto otra vez.

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De la incongruencia del corazón

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Sigilosamente te filtran las ideas
“El corazón es para amar” y la medicina, la lógica, todo a la mierda.
El corazón no sólo late y bombea la sangre al resto de tu cuerpo, no, el corazón también siente y siente fuerte, domina hasta el más mínimo pensamiento lógico, domina el amor.

El corazón ya no es órgano, es idea, es sentimiento.
Y es un sentimiento tan común, todo mundo dice que lo siente, que ama, pero pocos lo definen, y las definiciones todas son tan diferentes, a lo que concluyo que el amor, de la mente o del corazón, no existe.

Sin embargo, pensar en él es tan ilógico y mi mente dice que no es para mí, que no me veo con él, que sus ideas son ideas que tuve hace tiempo, que he cambiado y no puedo regresar a él.
Todo encaja perfectamente, el pensamiento lógico lo dice, no. Lo niega tantas veces que me he llegado a tragar sus palabras y sé ahora que yo quiero con la mente.

Pero como si fuera un juego de llevarme la contra, se colado su imagen en mi corazón, sí, en el órgano, y lo supongo simplemente porque con la mente no he podido llegar a la conclusión de que lo quiero y si no quiero ahí, lo he de desear con otra parte de mí.

Aunque la mente dice no, el corazón dice sí ¡Estúpida frase de incongruentes!
La cuestión está en encontrar la falla en el argumento de la mente, convencerla de que hay algo mal y, o no lo quieres o lo quieres; es estúpido decir que ambas son correctas ¡A nadie le gusta el “sí pero no”!

Y como premio de consolación, les concedo que es difícil convencer a cualquiera sin siquiera haberse convencido a uno mismo, lo es.

Pero sí, te quiero, pero no quisiera hacerlo. Eso es lo más incongruente que me permito decir, escribir o siquiera sentir.

Ésta, que es mi máscara.

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¿En qué momento comenzamos a mentirnos tan amablemente, de esas mentiras que suenan a amabilidad y cordialidad entre amigos, a conexiones sin mentes?

Dime tú, que has escuchado mis mentiras y me has sonreído tal cual te dijera la verdad, ¿Ya no notas el tic en mis labios o en mi caminar?

Y es que nos desconocemos tanto que no nos vemos las máscaras grises con óvalos rosados que dan un vuelco al corazón con cada mirada.

Las ignoramos y las vemos tan normales que hasta las hemos llegado a amar y retratar, hasta les hemos dibujado estúpidos corazones y un altar.

No ignores que te he mentido, ni las mentiras, ni las razones. No ignores nada que no pueda ocultar por siempre, no ignores siquiera que te escribo que te pienso, no ignores incluso que en mis mentiras no ceso.

Porque cada que nos ignoramos, las máscaras se hacen gruesas y se funden con la piel rosada que no ha visto la luz de tu mirada; se están confundiendo y mezclando, se hacen maquillaje marica de sociedad cínica.

¿Y dime, por qué me siento tan lejana a tus palabras y tus acciones, siendo que tu eres el rey de corazones?

Te aman, te aclaman, eres un pozo de desdichas con lágrimas femeninas, masculinas, maternales, imagino que también de algunos animales.

Pobres de nosotros, de nuestras máscaras e incomodidades. No sabemos parar, no sabemos hablar si en banalidades no ha de acabar.

Y sin embargo, te siento.

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Me gustaría no verte como te veo, a veces me gustaría no verte en absoluto y cada que me venga tu recuerdo a la mirada cerrar los ojos e inundarte la sonrisa, las manos, el aroma; me gustaría cubrirte todo con la sábana negra de mis ojos.

Pero es inevitable y mi curiosidad me mata y espío y miro bajo las sábanas, miro tu recuerdo y traiciono el esfuerzo de tejer barreras, de tender paredes y cercas, de crearte y destruirte. De esconderte.

Porque tus palabras flotan, rodean mi cabello, me invaden las mejillas y me erizan la piel. Me acaricia el recuerdo inexistente de mis fantasías con tus labios, con tu verbo y hasta con tu SER.

Porque quizá no pueda verte, pero te siento y te siento tanto que pienso escribir como me gustaría no sentirte y tengo miedo de pensarte y escribir como me gustaría no pensarte.

Carta a un marido.

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Amor.

Cuánta distancia separan mis besos de tus labios, esposo mío.

Y es que llego todas las tardes a casa después de comprar los víveres para la cena, me dispongo a poner la mesa para dos y recuerdo tu ausencia infalible. ¡Cuánta falta le haces a mis guisos sin sabor a ti!

Entonces veo al perchero e imagino tu abrigo y tu sombrero ahí, como todas las noches, perfumándolo todo cuando sientes tuyo y trato de abrazarme a tu recuerdo, sin esperanza sólo abrazo la nada.

El perchero también se siente solo y siento tanta lástima por él. Si lo vieras, al pobre, tan lindo que se veía imitando tu porte y elegancia y ahora se siente tan desnudo sin ti.
¡Pobre perchero que no puede escribirte largas cartas como yo lo hago, ni llorarte tanto como yo! ¡pobre perchero, qué será de él sin ti!

La agonía es tanta y corro al balcón,  siento algo helado recorriendo mi piel, es el viento frío de estos días, había olvidado su tacto en mi vientre, mis brazos y es que ahora mi desnudez es inmoral sin tu cuerpo sobre el mío.

Amado esposo ¿En qué momento iba yo a imaginar estos días solitarios y fríos, en qué momento me iba a preparar?

¿De qué me sirve poder escribirte, amor? Si por las noches la cama es como el mar y yo naufrago sin tus manos posadas en mis caderas, sin tu boca que pertenece a mis senos, sin mi nariz entre tu cabello, sin mis piernas abrazándote, sin mis manos arañandote… ¿De qué me sirve tanta cama si no te tengo para usarla?

Amor, si de la tumba pudiera arrancarte o si en ella pudiera acompañarte sería la esposa que siempre desee ser, la tuya.

Me gustaría que me leyeras.

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Me gustaría que me leyeras con el mismo afán con el que lees un Borges, un Murakami,
que pasaras sobre mi piel desnuda tus suaves manos
y me leyeras sin despegar la mirada de mis historias y arrebatos.

Me gustaría que me leyeras cual libro de ficciones,
que sin importar si te sorprendes, si te enojas, si te enamoras o si lloras,
me siguieras leyendo.

Me gustaría que me tomaras en tus manos,
me gustaría que pasaran los días,
que pasaran los años,
que pasara la vida conmigo entre tus manos.

Me gustaría que me leyeras y me contaras mis miedos, mis anhelos,
que me contaras como se cuenta una historia para dormir: suave, tierna, al oído.
Que en oraciones de pretérito imperfecto me contaras lo que he vivido
y en futuro, lo que vivirás conmigo.

Pero más que todo, me gustaría ser eterna, infinita,
ser más larga que el Quijote, que dos Quijotes, que tres, que todos ellos.
Para que así nunca terminaras de leerme e incluso que pudieras leerte en mí,
leer lo que de ti he escrito sobre mí, conmigo… para ti.

Sí, me gustaría que me leyeras, simplemente que me leyeras.

Silencio.

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Debería de hablar menos, cada día un poco menos y pensar un poco más, tener un sello inquebrantable sobre mis labios, que al cabo de cualquier estupidez, éste se cerrara quitándome la voz.

Debería de cerrar también mis ojos y contemplar la obscuridad de mis párpados, correr despierta en mi mente, mientras mi cuerpo sólo va y viene en espiral; estirar pronta mis brazos y convertirlos en papel que flote con el viento.

Debería de escribir más sobre mi piel y tatuarme esos versos que llegan al alma con sólo una palabra. Debería ser sólo un pequeño par de ojos que espían, que no opinan ni son vistos, sólo ven.

Debería amar(me) sin precauciones ni prejuicios, ni comas, ni estribillos; debería de ser sólo un corazón que flota palpitante y amante, un corazón realista y sangrante…Debería ser tantas cosas y así tal vez, sólo tal vez, logre escuchar(te).