Ésta, que es mi máscara.

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¿En qué momento comenzamos a mentirnos tan amablemente, de esas mentiras que suenan a amabilidad y cordialidad entre amigos, a conexiones sin mentes?

Dime tú, que has escuchado mis mentiras y me has sonreído tal cual te dijera la verdad, ¿Ya no notas el tic en mis labios o en mi caminar?

Y es que nos desconocemos tanto que no nos vemos las máscaras grises con óvalos rosados que dan un vuelco al corazón con cada mirada.

Las ignoramos y las vemos tan normales que hasta las hemos llegado a amar y retratar, hasta les hemos dibujado estúpidos corazones y un altar.

No ignores que te he mentido, ni las mentiras, ni las razones. No ignores nada que no pueda ocultar por siempre, no ignores siquiera que te escribo que te pienso, no ignores incluso que en mis mentiras no ceso.

Porque cada que nos ignoramos, las máscaras se hacen gruesas y se funden con la piel rosada que no ha visto la luz de tu mirada; se están confundiendo y mezclando, se hacen maquillaje marica de sociedad cínica.

¿Y dime, por qué me siento tan lejana a tus palabras y tus acciones, siendo que tu eres el rey de corazones?

Te aman, te aclaman, eres un pozo de desdichas con lágrimas femeninas, masculinas, maternales, imagino que también de algunos animales.

Pobres de nosotros, de nuestras máscaras e incomodidades. No sabemos parar, no sabemos hablar si en banalidades no ha de acabar.

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Y sin embargo, te siento.

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Me gustaría no verte como te veo, a veces me gustaría no verte en absoluto y cada que me venga tu recuerdo a la mirada cerrar los ojos e inundarte la sonrisa, las manos, el aroma; me gustaría cubrirte todo con la sábana negra de mis ojos.

Pero es inevitable y mi curiosidad me mata y espío y miro bajo las sábanas, miro tu recuerdo y traiciono el esfuerzo de tejer barreras, de tender paredes y cercas, de crearte y destruirte. De esconderte.

Porque tus palabras flotan, rodean mi cabello, me invaden las mejillas y me erizan la piel. Me acaricia el recuerdo inexistente de mis fantasías con tus labios, con tu verbo y hasta con tu SER.

Porque quizá no pueda verte, pero te siento y te siento tanto que pienso escribir como me gustaría no sentirte y tengo miedo de pensarte y escribir como me gustaría no pensarte.

Carta a un marido.

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Amor.

Cuánta distancia separan mis besos de tus labios, esposo mío.

Y es que llego todas las tardes a casa después de comprar los víveres para la cena, me dispongo a poner la mesa para dos y recuerdo tu ausencia infalible. ¡Cuánta falta le haces a mis guisos sin sabor a ti!

Entonces veo al perchero e imagino tu abrigo y tu sombrero ahí, como todas las noches, perfumándolo todo cuando sientes tuyo y trato de abrazarme a tu recuerdo, sin esperanza sólo abrazo la nada.

El perchero también se siente solo y siento tanta lástima por él. Si lo vieras, al pobre, tan lindo que se veía imitando tu porte y elegancia y ahora se siente tan desnudo sin ti.
¡Pobre perchero que no puede escribirte largas cartas como yo lo hago, ni llorarte tanto como yo! ¡pobre perchero, qué será de él sin ti!

La agonía es tanta y corro al balcón,  siento algo helado recorriendo mi piel, es el viento frío de estos días, había olvidado su tacto en mi vientre, mis brazos y es que ahora mi desnudez es inmoral sin tu cuerpo sobre el mío.

Amado esposo ¿En qué momento iba yo a imaginar estos días solitarios y fríos, en qué momento me iba a preparar?

¿De qué me sirve poder escribirte, amor? Si por las noches la cama es como el mar y yo naufrago sin tus manos posadas en mis caderas, sin tu boca que pertenece a mis senos, sin mi nariz entre tu cabello, sin mis piernas abrazándote, sin mis manos arañandote… ¿De qué me sirve tanta cama si no te tengo para usarla?

Amor, si de la tumba pudiera arrancarte o si en ella pudiera acompañarte sería la esposa que siempre desee ser, la tuya.

Me gustaría que me leyeras.

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Me gustaría que me leyeras con el mismo afán con el que lees un Borges, un Murakami,
que pasaras sobre mi piel desnuda tus suaves manos
y me leyeras sin despegar la mirada de mis historias y arrebatos.

Me gustaría que me leyeras cual libro de ficciones,
que sin importar si te sorprendes, si te enojas, si te enamoras o si lloras,
me siguieras leyendo.

Me gustaría que me tomaras en tus manos,
me gustaría que pasaran los días,
que pasaran los años,
que pasara la vida conmigo entre tus manos.

Me gustaría que me leyeras y me contaras mis miedos, mis anhelos,
que me contaras como se cuenta una historia para dormir: suave, tierna, al oído.
Que en oraciones de pretérito imperfecto me contaras lo que he vivido
y en futuro, lo que vivirás conmigo.

Pero más que todo, me gustaría ser eterna, infinita,
ser más larga que el Quijote, que dos Quijotes, que tres, que todos ellos.
Para que así nunca terminaras de leerme e incluso que pudieras leerte en mí,
leer lo que de ti he escrito sobre mí, conmigo… para ti.

Sí, me gustaría que me leyeras, simplemente que me leyeras.

Silencio.

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Debería de hablar menos, cada día un poco menos y pensar un poco más, tener un sello inquebrantable sobre mis labios, que al cabo de cualquier estupidez, éste se cerrara quitándome la voz.

Debería de cerrar también mis ojos y contemplar la obscuridad de mis párpados, correr despierta en mi mente, mientras mi cuerpo sólo va y viene en espiral; estirar pronta mis brazos y convertirlos en papel que flote con el viento.

Debería de escribir más sobre mi piel y tatuarme esos versos que llegan al alma con sólo una palabra. Debería ser sólo un pequeño par de ojos que espían, que no opinan ni son vistos, sólo ven.

Debería amar(me) sin precauciones ni prejuicios, ni comas, ni estribillos; debería de ser sólo un corazón que flota palpitante y amante, un corazón realista y sangrante…Debería ser tantas cosas y así tal vez, sólo tal vez, logre escuchar(te).

Historia para dormir.

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Esta es la historia de un globo, sí, lo leyeron bien, era un globo medianamente lindo y lo suficientemente grande para ser notado, digamos que ese globo era azul y si no parece muy feliz, digamos que dentro de su frialdad tenía bonitos lunares rojos por todo su cuerpo.

A este globo le encantaba coquetear con las nubes y bailar con el viento, disfrutaba volar tan alto como pudiese, ganarle a las nubes y ver el bello sol salir tímidamente del mar, pero lo que más disfrutaba era platicar con la luna y seguirla toda la noche -era uno de esos amores eternos e inalcanzables que te erizan la piel-  Así pues, la seguía cada noche y la miraba dar vueltas, como modelando, hasta ver únicamente la sombra de su cabello confundiéndose con el cielo negro.

Todo el tiempo el globo azul se la vivía soñando tan alto, tan alto que los otros globos eran parte del confeti de colores en el suelo y aunque amaba soñar, también temía perderse en el espacio y volar sin control, perder de vista su realidad, su mundo. Para evitarlo, un buen día, que no recuerdo con exactitud cómo sucedió, se amarró al suelo con un cordón negro larguísimo pero no infinito de tal forma que no se perdería, pero era lo suficientemente largo como para seguir teniendo sus placeres celestes.

Poco a poco el globo fue perdiendo intereses, sentía que ya había contado todas las estrellas, que ya había platicado todas las palabras con la luna, que ya no quedaba nada por hacer. También por las mañanas el sol llegaba a fastidiarle y las nubes ya no eran fascinantes sino transparentes y amorfas.

-En este punto podríamos pintarle un “Pero” feliz a nuestra historia, sin embargo no es una historia feliz, es la historia de un globo común y mortal, un globo cualquiera”

Conforme pasaban los días el globo veía cada vez más cerca los confetis que convivían monótonamente bajo sus leyes, flotando a escasos metros de la realidad.

Justo entre los sueños y el suelo, el globo encontró menos luz, le costaba un poco respirar y al cabo de unos días descendió tanto hasta poder ver a los renegados, aquellos globos que algún día fueron grandes y soñadores pero que de vez en cuando perdían un poco de su alma, aunque aún se aferraban a las ramas de una ilógica ilusión.

Más abajo encontró la multitud, pensó en pintar sus lunares y ser ahora un globo liso y mate -¿Qué les parece un color de moda para encajar en el contexto, qué tal un naranja neón?-  Así pues, entre la gran gama de neones flotaba nuestro triste globo con un anticuado cordón negro que nadie notaba, corrección, nadie había notado hasta que lo mencioné hace unas cuantas palabras y la crueldad de las masas se apoderó de él, jalándolo de quién-sabe-dónde hasta que pronto su rostro -si le permiten tener uno, recordemos que sólo es un globo- quedó pegado al piso.

-Si los globos tuvieran pies seguro habrían matado a nuestro amigo, pero ¿Alguien puede imaginar la agonía de un ave que no puede volar? así sufría. Adherido al suelo el ex globo azul.

Encadenado por sus decisiones nuestro globo ya no veía la luna, ni jugaba con las nubes y pronto ni el sol podía alumbrarlo, en una exageradamente larga agonía fue perdiendo su vitalidad…

-Imaginemos que la escena termina con el ruido de unas voces que nadie comprende de fondo, en la tercera parte izquierda de la pantalla se encuentra el globo recostado contra el suelo con la mirada perdida y lentamente la toma se aleja con un soundtrack de notas tristes…

¿Pueden imaginarlo? Yo no, es sólo un globo.

FIN