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De la incongruencia del corazón

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Sigilosamente te filtran las ideas
“El corazón es para amar” y la medicina, la lógica, todo a la mierda.
El corazón no sólo late y bombea la sangre al resto de tu cuerpo, no, el corazón también siente y siente fuerte, domina hasta el más mínimo pensamiento lógico, domina el amor.

El corazón ya no es órgano, es idea, es sentimiento.
Y es un sentimiento tan común, todo mundo dice que lo siente, que ama, pero pocos lo definen, y las definiciones todas son tan diferentes, a lo que concluyo que el amor, de la mente o del corazón, no existe.

Sin embargo, pensar en él es tan ilógico y mi mente dice que no es para mí, que no me veo con él, que sus ideas son ideas que tuve hace tiempo, que he cambiado y no puedo regresar a él.
Todo encaja perfectamente, el pensamiento lógico lo dice, no. Lo niega tantas veces que me he llegado a tragar sus palabras y sé ahora que yo quiero con la mente.

Pero como si fuera un juego de llevarme la contra, se colado su imagen en mi corazón, sí, en el órgano, y lo supongo simplemente porque con la mente no he podido llegar a la conclusión de que lo quiero y si no quiero ahí, lo he de desear con otra parte de mí.

Aunque la mente dice no, el corazón dice sí ¡Estúpida frase de incongruentes!
La cuestión está en encontrar la falla en el argumento de la mente, convencerla de que hay algo mal y, o no lo quieres o lo quieres; es estúpido decir que ambas son correctas ¡A nadie le gusta el “sí pero no”!

Y como premio de consolación, les concedo que es difícil convencer a cualquiera sin siquiera haberse convencido a uno mismo, lo es.

Pero sí, te quiero, pero no quisiera hacerlo. Eso es lo más incongruente que me permito decir, escribir o siquiera sentir.

Negación del ser.

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Me imagino que poco a poco mi pensamiento va colándose entre tus orejas y, aunque estoy segura que no lo escuchas, se planta fuerte en tus ideas; unas ideas de mi, de ti y de nosotros.

Ésta echa raíces sombrías de pensamientos eróticos y amorosos, de tacto suave, de piel tersa y barbas que raspan, de todo, de todo y tan sólo minutos después, se disuelven en estornudos de negación.

Fría negación del ser.

Carta a un marido.

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Amor.

Cuánta distancia separan mis besos de tus labios, esposo mío.

Y es que llego todas las tardes a casa después de comprar los víveres para la cena, me dispongo a poner la mesa para dos y recuerdo tu ausencia infalible. ¡Cuánta falta le haces a mis guisos sin sabor a ti!

Entonces veo al perchero e imagino tu abrigo y tu sombrero ahí, como todas las noches, perfumándolo todo cuando sientes tuyo y trato de abrazarme a tu recuerdo, sin esperanza sólo abrazo la nada.

El perchero también se siente solo y siento tanta lástima por él. Si lo vieras, al pobre, tan lindo que se veía imitando tu porte y elegancia y ahora se siente tan desnudo sin ti.
¡Pobre perchero que no puede escribirte largas cartas como yo lo hago, ni llorarte tanto como yo! ¡pobre perchero, qué será de él sin ti!

La agonía es tanta y corro al balcón,  siento algo helado recorriendo mi piel, es el viento frío de estos días, había olvidado su tacto en mi vientre, mis brazos y es que ahora mi desnudez es inmoral sin tu cuerpo sobre el mío.

Amado esposo ¿En qué momento iba yo a imaginar estos días solitarios y fríos, en qué momento me iba a preparar?

¿De qué me sirve poder escribirte, amor? Si por las noches la cama es como el mar y yo naufrago sin tus manos posadas en mis caderas, sin tu boca que pertenece a mis senos, sin mi nariz entre tu cabello, sin mis piernas abrazándote, sin mis manos arañandote… ¿De qué me sirve tanta cama si no te tengo para usarla?

Amor, si de la tumba pudiera arrancarte o si en ella pudiera acompañarte sería la esposa que siempre desee ser, la tuya.

Minientrada

Hace días que he pensado en nuevas diversiones, la monotonía de mis días ha hecho de mí una persona de imaginación libre. Tengo siempre la misma rutina: casa, trabajo, casa, trabajo. A veces, es decir, casi todo el tiempo el trabajo absorbe mis días.

Cuando tengo algo de espacio en mi ocupada agenda mi mente vuela sin cadenas llegando muchas veces a lugares tan obscuros y aterradores que, tengo que confesar, me excitan y asustan a la vez, ya que he de decir, el placer de las delicias del acto sexual es abrumador y aun así no es suficiente.

Ante la sociedad soy una persona normal, con carga de estrés, sin tiempo para divertirme, sin amigos, ni vida social, sin nada más que el deber de servirle a alguien a cambio de dinero. Mi vida en la luz es patética, es un punto negro en un cuarto a plena obscuridad, pero bueno creo que escribo esto por el primer pensamiento de este escrito, nuevas formas de diversión, entretenimiento.

¿Que por qué necesito algo nuevo que hacer? Bueno lo que hacía con anterioridad me ha dejado satisfecha por el momento, ahora mi nueva meta es redactarles los más obscuros deseos de esta inocente mente, que a decir verdad, no sólo son deseos, es realidad que he de relatar.

Digamos que no soy una mujer con un atractivo abrumador, soy promedio, pero a diferencia de las personas promedio, tengo la facilidad de atracción, con mi mirada puedo seducir a un hombre al punto de captar su atención, con una selección de palabras altamente planeadas puedo hacer que éste desee llevarme a la cama, con algo más de manipulación de la voz, hablarle seductoramente al oído, acariciarle el rostro, jugar con sus cabellos, puedo hacer que crea que ha logrado su objetivo.

Mi apartamento está en el último piso de un edificio alto, la azotea es completamente mía y desde ella nada, ni nadie puede detenerme de mi objetivo.

Naturalmente él, ellos, mis víctimas, me conceden la compañía a casa, donde pasarán la noche de su vida. Al llegar el juego comienza: los besos apasionados hasta la habitación, la temperatura aumenta conforme la ropa disminuye, pero es justo cuando se podría creer que el acto sexual está por completarse cuando pido a mis acompañantes lo hagamos en la azotea.

Completamente desnudos subimos las escaleras entre excitación, caricias y perversión. Todo está planeado “lo haremos a mi modo” les digo agresivamente mientras ellos se excitan al pensar que soy una loca pervertida quien los golpeará, quien les hará placeres orales y cumplirá sus fantasías en cuero negro, pero nada es lo que te esperas.

No hay cuero, ni golpes ¿Qué es lo que hay entonces? Les contaré que fue lo que hice con uno de ellos, fue el mejor, casi no suplicó.

Fue una noche de diciembre, hacía frío y recuerdo que podía notar sus rojas venas por su blanca piel, al llegar a la azotea le pedí se recostara sobre una manta blanca, cuando lo hizo tomé una de sus manos y lo até a un tubo que tenía para estas ocasiones especiales, los tubos tenían cuerdas con las cuales aseguré no escapara, lo mismo hice con la otra mano hasta que él quedo con la forma de la letra T recostado sobre el piso.

Comencé lenta y delicadamente a besar su frente, su nariz, proseguí hasta sus labios, que realmente eran dulces y carnosos, besé su cuello, sus lóbulos, baje por sus hombros, al llegar a su pecho me detuve a escuchar su corazón latir rápidamente, lo cual me excitó más.

Besé con pasión todo su cuerpo, él estaba al borde de la locura, tan extasiado, tan desesperado por tomarme entre sus brazos y comerme a besos, por consumar su placer sexual; en ese momento me di cuenta que debía comenzar a divertirme.

A un metro de donde él se encontraba estaba siempre una caja que parecía ser de herramientas, la cual contenía un extenso surtido de objetos filosos, picahielos, bisturí, cuchillos, navajas, etc.

Mi favorito siempre ha sido el cuchillo más grande de la caja, es del largo de mi antebrazo y es muy filoso, precioso.

Cuando lo tuve en mis manos y lo acerqué a su rostro no pude evitar guardar en mi memoria su expresión de terror y placer, creo que pudo haber sido mi pareja ideal, pero bueno, prosigo. Su miedo hizo brotar en mí una sonrisa y un brillo especial en mi mirada.

Con el instrumento en mi poder comencé a rasgar su hermoso rostro, lástima de belleza, la sangre brotaba por pequeñas cantidades, yo besaba cada una de las cortadas que le hacía.

Sus labios fueron lo que más disfruté, corté pequeños fragmentos de ellos, mientras el rojo fluido corría por su boca, su cuello, yo lo besaba, él gritaba de dolor pero sabía que lo disfrutaba tanto como yo.

Cuando terminé con sus labios, su sangre cubría mi boca y parte de mi cuello, era muy poca sangre en realidad.

El ambiente estaba aún muy frío, sin acción así que decidí comenzar a hacer cortadas más profundas por sus hombros, sus fuertes y varoniles brazos, sus costillas y su hermoso abdomen no quedaron exentos, ahora había más sangre, la blanca sabana que estaba debajo de él ahora estaba teñida de un rojo intenso.

A pesar del dolor que le causé pude lograr que se excitara, (supongo que su mente estaba tan retorcida como la mía) y cuando su miembro estuvo en el punto más alto lo corté de una sola tajada, lanzó un grito ensordecedor y la sangre brotaba como si fuera una fuente, la vista era hermosa, tome su miembro en mis manos y lo coloque en su boca para apagar sus gritos.

Nuevamente comencé a besarlo, creo que me estaba enamorando, mi cuerpo se llenó de su sangre, cada centímetro de nuestros cuerpos era rojo.

Antes de finalizar mi acto observé por última vez mi creación, sus bien torneados muslos, su cuerpo sin miembro, la sangre aún brotando, aunque débilmente, de sus heridas, sus labios hermosos destrozados rodeando su miembro y su mirada pidiendo compasión.

Finalmente se la di, con el cuchillo abrí su pecho hasta el estómago y con mis manos y algo de esfuerzo saqué su corazón, lo coloqué entre sus piernas y en su lugar dejé una flor, una rosa blanca que, naturalmente se manchó de rojo, era la escena perfecta.

En el lado contrario de donde estaba la caja de herramientas, estaban mis instrumentos para pintar; aún estando desnuda comencé a pintar la espléndida imagen de mi difunto amante.

La obra de arte yace en mi pared junto con las obras de mis otros amantes, si tan sólo alguna de mis víctimas antes de querer quitarme la ropa observara mi sala y contemplara mis pinturas entendería que es mejor no subir conmigo a la azotea, pero nadie lo hace, lo único que quieren es sexo.

 

De mis amantes