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Un conejo y un reloj. 

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  Qué triste debe de ser el mundo sin nubes—dijo Claudia mientras se recostaba sobre el pasto ligeramente húmedo; por unos instantes sintió cómo poco a poco la humedad del pasto penetraba su vestido nuevo y llegaba a su espalda, causándole un pequeño escalofrío que le recorrió la piel. 
Justo en ese momento un pensamiento cruzaba su mente, uno importante, quizá se trataba de una advertencia de su madre, quien no la había dejado salir a jugar con sus amigos por el compromiso que tenían esta tarde.
Claudia recordó que estaba molesta con con ella y que no quería ir a esa fiesta donde nunca conocía a nadie, donde la música no le gustaba y donde no podía ver nubes, eso era lo principal, las nubes. Y justo cuando esos pensamientos cruzaban corriendo en puntitas por su mente, vio una nube hermosa —¡Un pato!— dijo en voz alta con sorpresa al mismo tiempo que lo apuntaba con su dedo índice. 

Era un pato pequeño, de apariencia bonachona y esponjosa; era un pato feliz y parecía que su cola se movía, a lo que Claudia soltó una pequeña carcajada.

Era una tarde perfecta, la niña podía sentir los rayos del sol posándose sobre su rostro como una delgada sabana, tibia y suave; el viento movía los cabellos de su flequillo delicadamente, como si los hiciera flotar para darle un poco de sombra a los ojos de Claudia y moviera también los pliegues de su vestido azul cielo con rosas rojas diminutas para hacerlas bailar. 

Así, recostada sobre el pasto, Claudia perdió noción del tiempo; el cual, al verla ignorarlo, puso su reloj junto a su pierna derecha y se sentó a su lado, miró también el cielo que poco a poco se llenaba de nubes, de patos, de cocodrilos bailarines, de dragones, de tantas formas que iban y venían en el cielo azul. 

Todas las nubes eran hermosas y amigables. Pasaban por donde Claudia y la saludaban con ademanes distintos; el gato saltaba de nube en nube y al ver a la niña, se detenía a lamer sus bigotes, lamía su mano y la pasaba sobre su cabeza, para después hacer una mueca sonriente con los ojos y seguir saltando hasta desaparecer. Pasaba también una tortuga marina, nadando y moviéndose en zigzag, para después mover su aleta en forma de saludo y seguir nadando y nadando. 

Con forme desfilaban los animales frente a Claudia, marchando cual soldados, caminando, nadando, volando y más andos; la pequeña iba sintiendo como su espalda se humedecía cada vez más y se hundía en el pasto, podía oler la tierra mojada bajo su cuerpo y, por instinto, hundió los dedos en la tierra a su lado. 

La tierra fría y reblandecida por las extrañas lluvias de finales de otoño, se metió bajo sus uñas y pintó sus dedos de un ligero color marrón obscuro. Al ver sus manos sucias, Claudia las llevó a su rostro y, a forma de una mascarilla de barro como las que usa su mamá, embarró su rostro con una risa cómplice de la travesura que realizaba. 
Con el espectáculo fantástico que tenía lugar frente a sus ojos, Claudia sentía como sus párpados pesaban cada vez más y se cerraban, luchaba contra el inevitable sueño y arrullo del cálido del día. Abría los ojos, veía alguna forma en el cielo y, sin éxito, las pesas que colgaban de sus pestañas, cerraban las cortinas del show. 
Y de pronto el viento ya no hacía bailar las rosas, ya arrancaba las hojas del árbol; ya no movía suavemente el fleco de Claudia, ya alborotaba su negra y corta cabellera de un lado para otro. Sin advertencia un trueno estrepitoso, de esos que retumban en las paredes, causó que de un sobre salto, la tranquilidad de su dormir, se colapsara.

El corazón le palpitaba en los oídos y como recuperándose lentamente del susto, las formas del pasto fueron cobrando vida y se movían, se pintaban de un verde grisáceo, las hojas secas y cafés caían como lluvia sobre su jardín y el viento fuerte cargado de polvo suelto, picaba sus ojos grandes y negros. 

Claudia se incorporó y alzó la cabeza al cielo, las nubes se habían colapsado en un gris funesto y frío. El viento huía del desastre que había causado en los árboles y los jardines, huía apenado y a prisa del mal tiempo. 

—¡El tiempo!— pensó entusiasmada y al mirar a su derecha, el tiempo ya no descansaba a su lado. En su lugar el pasto doblado dejaba evidencia de su descanso tímido. 

El día nítido, radiante, el día del cielo azul y rayos cálidos, ya no era más, ahora era una mala fotografía desenfocada de algún turista desprecavido, pálido, gris, borroso y somnífero. 

Claudia intentó ponerse de pie al ver que la lluvia se apresuraba a su lugar, con gotas grandes y fuertes, gotas que rebotaban en el pasto y volvían a mojarle las manos y las piernas. 

Pero no pudo incorporarse, su cuerpo no se movía y se hundía lentamente en el pasto fangoso y por más que intentará moverse, sólo conseguía hundirse más.  

La desesperación se apoderó de Claudia y al no entender que si se movía se hundiría más, comenzó a sacudirse enérgicamente. Los músculos de sus brazos y piernas comenzaron a acalambrarse, se agitaba y su respiración se cortaba, podía sentir como el lodo le cubría tres cuartas partes del cuerpo y oprimía su pecho de tal forma que dificultaba su respiración. 

Pronto la calma llegó a su cuerpo, miró el cielo, como era su costumbre, y entonces lo vio: las nubes, ya negras y cargadas de lluvia, se afilaron una a una para formar unos ojos grandes y bellos, que en segundos se transformaron en un rostro familiar, pronto un cuerpo que se acercaba y en nada un brazo bajaba hasta ella, que ya casi cubierta hasta el cuello dejó de moverse…

— Claudia, cariño, despierta— le dijo su madre con voz tierna y baja y al no ver respuesta pronta bajó su brazo hasta su hombro, en cuanto la tocó Claudia brincó y dio un pequeño grito. 

—Tranquila, fue sólo un sueño, ahora ve a casa por tu suéter, que es hora de irnos, te lavas también la cara, mira que desastre con tanto lodo—

—Mira madre, es un conejo ¡y hay un reloj!—

— Ay Claudia, creo que has leído demasiado ese libro, tal vez sea hora de ir por otros, pero anda, ve por… ¡Claudia, tu vestido! ¿No te dije que tuvieras cuidado con el pasto junto al árbol? Lo regué esta mañana. 

Claudia al entrar a su casa vio por última vez el cielo y al verlo azul, hermoso, con nubes blancas y esponjosas, respiró con tranquilidad.